Manual de imagen personal en el que Elide E. Vergara —profesora de modelos, maquilladora y asesora de imagen— sostiene que la elegancia no es un privilegio de unas pocas, sino una destreza que se aprende.
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Manual de imagen personal en el que Elide E. Vergara —profesora de modelos, maquilladora y asesora de imagen— sostiene que la elegancia no es un privilegio de unas pocas, sino una destreza que se aprende. El libro parte de lo más básico y menos atendido, la postura y el modo de caminar, y desde ahí avanza hacia el cuidado del cuerpo, la construcción de un guardarropa útil, el vestuario de oficina, el maquillaje, el cabello y los accesorios, con la idea de fondo de que la seguridad interior y la presencia exterior se sostienen mutuamente.
Hay libros de moda que empiezan por la ropa. Este empieza por el cuerpo que la lleva. Antes de hablar de telas, largos o temporadas, la autora pide algo más simple y más difícil: mirarse al espejo sin castigarse y revisar cómo se está de pie. De ese punto de partida se despliega todo lo demás.
La primera parte funciona casi como un entrenamiento. Con la imagen de un hilo invisible que recorre el cuerpo desde los talones hasta la coronilla, se explica cómo enderezar la espalda, repartir el peso, mover los brazos con naturalidad y caminar en línea, con pasos cortos y un balanceo apenas insinuado. Hay capítulos dedicados a gestos que casi nadie practica y todos ejecutan a diario: subir y bajar escaleras sin inclinar el tronco, posar para una fotografía, sostener una falda larga sin tropezar, permanecer de pie durante horas en un acto social sin terminar con dolor lumbar. Las indicaciones son concretas, de las que se ensayan en casa hasta volverse automáticas.
De la postura el libro pasa al cuidado del cuerpo, y lo hace sin promesas rápidas. La autora desaconseja las dietas de angustia y advierte contra la bulimia y la anorexia; propone en cambio agua, movimiento diario, asesoramiento profesional y la aceptación de que bajar de peso lleva el mismo tiempo que llevó subirlo. Recomienda también prácticas de equilibrio como el yoga, el tai-chi o el qi-gong, y la respiración profunda, bajo la convicción de que el carácter se serena cuando el cuerpo se ordena.
La sección de vestuario es la más práctica. Define qué es un fondo de armario y cómo armarlo: vaciar el placard, agrupar por color y tipo de prenda, detectar los huecos y salir a comprar con una lista en lugar de por impulso. Insiste en la calidad por sobre la cantidad, en las prendas que caen bien —ni ceñidas ni holgadas—, en el vestido negro sencillo que resuelve la tarde y la noche, en el traje de chaqueta y pantalón, en los largos de falda que favorecen, en los escotes según los hombros y el cuello, en el pantalón recto que apenas roza el empeine y en el calzado que cambia el registro de un mismo conjunto. Aparecen además capítulos sobre cómo destacar lo que se quiere lucir en vez de esconder lo que incomoda, cómo vestirse para la oficina sin uniformarse, y el papel de los accesorios, los sombreros y los tocados como toque final.
Atraviesa el conjunto una idea sostenida: la simplicidad como esencia de la elegancia y el estilo como la marca personal que cada una imprime a lo que usa. El tono es el de una clase particular —cercano, en segunda persona, salpicado de referencias a diseñadores y figuras públicas—, y el propósito declarado es que la lectora se reconozca única y actúe en consecuencia, sin importar su estatura, su edad o su talla. Escrito para quien quiera revisar su imagen desde los cimientos, el libro ofrece menos un catálogo de tendencias que un método de trabajo diario sobre una misma.
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