En las noches de verano junto al lago, donde los casinos resplandecen con sus promesas luminosas y los frutos de la suerte se desvanecen entre los dedos, una mujer atrapa la vida en una sucesión de tiradas.
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En las noches de verano junto al lago, donde los casinos resplandecen con sus promesas luminosas y los frutos de la suerte se desvanecen entre los dedos, una mujer atrapa la vida en una sucesión de tiradas. Las luces parpadeantes, las mesas de ruleta, los sonidos rítmicos del azar envuelven cada decisión. Pero cuando la deuda acecha como una sombra, cuando los encuentros dejan de ser casuales y la elegancia no alcanza para cubrir la desesperación, llega el momento en que incluso la suerte más descarada debe atreverse a intervenir.
La noche palpita al ritmo de Lugano, donde un casino de elegante decadencia se alza a orillas de un lago que respira calor estival. En sus salones alfombrados de rojo oscuro, una mujer de vestido intenso se abandona al compás de las tragaperras, a la espera de ese momento de embriaguez donde todas las posibilidades convergen. Es Lina Salviati, y como tantas noches antes, persigue la ilusión de que la fortuna ceda ante su paciencia. Pero la suerte no es su aliada. Las deudas se han acumulado en capas sucesivas, cada una engendrando la siguiente, hasta formar una montaña que amenaza con enterrarla. Los acreedores no son amables; son profesionales de la amenaza silenciosa. En este precipicio aparece Matteo Marelli, un joven de ojos penetrantes que conoce todos sus secretos: su nombre, sus pérdidas, su desesperación. Su aparición no es fortuita. Trae una proposición envuelta en misterio, una idea gestada durante meses, un plan donde también hay sitio para ella. Lejos de allí, en un pueblo provenzal adormecido por el calor estival, existe otro mundo. El jardín de la villa de la Sra. Augustine exhala romero y tomillo. Entre sus senderos y parterres floridos trabaja Jean Salviati, un jardinero que renunció a otra vida hace años. Vive en paz con las cosas sencillas: el cultivo, el aperitivo, la misa de los domingos. Ignorante del tormento que acecha a su hija, no sabe que una llamada telefónica está a punto de romper esa tranquilidad ganada a pulso. Dos mundos, dos ritmos, dos desesperaciones convergen. De un lado, el brillo frenético de la noche urbana. Del otro, la quietud de quien ha renunciado. Entre ambos, un vínculo roto que amenaza con despertar.
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