Manual práctico de escritura creativa nacido de años de docencia en talleres literarios. Parte de una premisa clara: el talento no se enseña, pero el oficio sí.
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Manual práctico de escritura creativa nacido de años de docencia en talleres literarios. Parte de una premisa clara: el talento no se enseña, pero el oficio sí. A través de unos pocos conceptos básicos —decir y mostrar, resumen y escena, la presencia del narrador— y de un método constante de ejemplo y comentario, propone aprender mirando: primero la técnica, después su huella en autores consagrados, luego su aplicación por escritores noveles y, por último, las claves para corregir esos textos y los propios.
Concebido para acortar el camino del escritor principiante, este libro renuncia deliberadamente a la disquisición teórica y se instala en el terreno del taller: expone un concepto de forma sintética, lo ilustra con páginas ajenas y con ejercicios salidos del aula, y lo somete a comentario. El resultado reproduce sobre el papel la experiencia de una escuela de escritura, donde quien aprende descubre una técnica, la reconoce en textos de autores reconocidos, observa cómo la manejan otros aprendices y encuentra indicaciones concretas para mejorarlos.
El eje del volumen es la distinción entre decir y mostrar. Decir consigna la idea directamente, con términos abstractos; mostrar la sugiere mediante imágenes, acciones, diálogos y reflexiones, de modo que el lector deduzca y reconstruya por su cuenta el mundo propuesto. El libro defiende que esa segunda vía borra la sensación de mediador y convierte la lectura en un acto creativo, pero se cuida de volverla dogma: un texto enteramente mostrado puede resultar plano, y la elección entre ambas estrategias depende de lo que cada tramo del relato reclame.
De ahí se despliegan los capítulos siguientes, todos con la misma arquitectura de ejemplo y comentario. Se advierte contra la reiteración —decir primero lo que luego se muestra, o al revés—, contra el narrador decimonónico que irrumpe para juzgar a sus personajes en lugar de dejar que el lector los juzgue, y contra la información que el autor da por consabida sin serlo. Un pasaje de La tregua, de Mario Benedetti, sirve para ver cómo se transmiten los celos sin nombrarlos ni una vez.
La segunda mitad se ocupa del ritmo narrativo: cuándo resumir y cuándo escenificar, y cómo se construye una escena a partir de sus tres componentes —el marco, o los elementos fijos del escenario; la atmósfera, sus elementos variables, luz, temperatura, sonidos y olores; y la acción, todo cuanto ocurre allí—. Ejemplos de Walter Scott y de textos de taller exponen los desequilibrios habituales: escenas sin espacio donde ubicarse, descripciones que ahogan la acción, atmósferas levantadas apelando a los cinco sentidos. La recomendación final es de administración: alternar resumen y escena, entretejer los tres elementos en vez de exponerlos por separado y calibrar en cada momento qué sabe ya el lector.
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