Un chico negro de doce años pasa el verano de 1998 en un apartamento de Lewisville, Texas, entre novelas prestadas de su madre y la fotografía de un desconocido muerto de sida.
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Un chico negro de doce años pasa el verano de 1998 en un apartamento de Lewisville, Texas, entre novelas prestadas de su madre y la fotografía de un desconocido muerto de sida. Narrada en primera persona y con aliento de memoria, la obra sigue el despertar de un deseo que aún no tiene nombre y el miedo que la época le enseña a ponerle. Entre el calor, la iglesia de su abuela en Memphis y una noticia que llega desde Jasper, el relato traza el aprendizaje de un cuerpo que descubre a la vez lo que quiere y lo que arriesga por quererlo.
Todo empieza con una canción en la radio de la cocina y una madre que, durante unos compases, deja de ser madre para volver a ser una chica que baila. De esa imagen —el asombro y el desamparo de mirar a alguien que se aleja sin moverse del sitio— arranca un relato en primera persona construido como una sucesión de veranos, ciudades y descubrimientos.
El narrador tiene doce años, acaba de terminar primaria y pasa los días junto a la ventana de un apartamento de Lewisville, Texas, mientras su madre trabaja en el aeropuerto. Hojea los libros de bolsillo de la estantería materna hasta que una novela de James Baldwin lo agarra por la cintura y le revela que leer también puede ser una forma de deseo. Dentro de esas páginas encuentra una fotografía usada como marcapáginas: un hombre joven apoyado en un coche, sonriendo con una complicidad que el niño no sabe descifrar. La respuesta de su madre —un amigo, un viaje a Jackson, una enfermedad, un suicidio— cabe en pocas frases y abre un silencio que ocupará el resto del libro.
A partir de ahí, el chico busca en una biblioteca climatizada los nombres que en casa no se pronuncian, y encuentra manuales que tratan la homosexualidad como un diagnóstico y el sida como su desenlace natural. La ecuación se le graba antes de que tenga edad para discutirla. Fuera de los libros, el verano transcurre entre juegos con dos hermanos blancos del bloque de al lado, una cabaña en el bosque, unas revistas encontradas y un pacto infantil que termina en traición y en un insulto gritado a través de una puerta cerrada: la primera vez que alguien le pone palabra a lo que él ya sospecha de sí mismo.
El mundo exterior interrumpe con su propia violencia. El asesinato de un hombre negro arrastrado por una carretera rural, a cuatro horas de su salón, entra por el televisor y se instala en la casa como un miedo compartido que ni él ni su madre logran nombrar en voz alta. Esa noche, el niño que colecciona piedras sostiene un trozo de jaspe y descubre la distancia exacta entre imaginarse temible y saberse vulnerable.
Los capítulos siguientes desplazan la escena a Memphis, donde pasa la segunda mitad de cada verano con su abuela. Allí, la fe se endurece: la iglesia bautista de los sombreros y los caramelos de fresa deja paso a un fervor evangélico que convierte la salvación en deber y la diferencia en advertencia. La presentación cariñosa de antes —“mi nietecito de Texas”— se transforma en una frase seca sobre el budismo de su madre, y el chico aprende a leer la temperatura de una habitación por lo que en ella se dice de los suyos.
Escrita con una prosa sensorial y precisa —el asfalto hirviendo, las cigarras, la tierra roja de Misisipi, el olor a repelente y crema solar—, la obra alterna la mirada del niño con la lucidez retrospectiva del adulto que recuerda. No hay moraleja ni ajuste de cuentas: hay un inventario honesto de las cosas que un niño entiende antes de tener con qué entenderlas, y del amor complicado, intermitente y verdadero entre un hijo y una madre que se están perdiendo sin saberlo todavía.