Escrito desde la perspectiva de un perro de siete años y medio que vive en Surrey con «algunos humanos», este manual humorístico invierte la relación clásica entre mascota y dueño: aquí quien instruye, aconseja y evalúa es el animal.
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Escrito desde la perspectiva de un perro de siete años y medio que vive en Surrey con «algunos humanos», este manual humorístico invierte la relación clásica entre mascota y dueño: aquí quien instruye, aconseja y evalúa es el animal. Organizada como un diccionario de entradas breves —del ladrido a la hora del baño, de los gatos a las botas de agua, del cono isabelino a la aspiradora—, la obra combina consejos prácticos de convivencia con sátira doméstica: tests para averiguar si eres el macho o la hembra alfa de la casa, decálogos para suplicar comida con éxito, tablas que traducen cada tipo de ladrido al idioma humano y una sección recurrente, «Comentario Canino», donde otros perros aportan su propio testimonio. Un libro pensado tanto para reírse de los tics de los animales como, sobre todo, de los de quienes creen mandar sobre ellos.
«Eres un perro.» Con esa constatación arranca el manual que Maxwell Guaufington —siete años y medio, residente en Surrey, autor primerizo— ha decidido legar a sus congéneres. Su punto de partida es sencillo y deliberadamente subversivo: la vida con humanos no consiste en obedecer, sino en gestionar. Aprender a comer en el suelo y a orinar en la calle es apenas el trámite inicial; lo importante llega después, cuando toca averiguar cómo ocupar el lugar de alfa dentro de esa manada peculiar a la que los humanos llaman familia.
El libro se despliega como una enciclopedia doméstica de entradas cortas, ordenadas sin más jerarquía que la del capricho: glándulas anales, pañuelos al cuello, punteros láser, microchips, residencias caninas, fuegos artificiales, papel higiénico, lavadoras, humanos ancianos y humanos jóvenes. Cada asunto recibe el mismo tratamiento: una explicación con apariencia de rigor divulgativo que se desvía, casi siempre en la última línea, hacia el chiste. Hay taxonomías serias —una tabla que descompone el repertorio del ladrido en timbre, volumen y significado— junto a listas francamente absurdas, como el inventario de lugares desaconsejados para enterrar un hueso o los diez indicios de que uno ha engordado más de la cuenta.
Ese andamiaje de formatos es buena parte de la gracia. El autor propone un cuestionario para medir la autoridad real del lector en su casa, desglosa la hora del baño en cinco fases calcadas del duelo, redacta diez reglas para mendigar en la mesa —desde la elección del horario hasta la explotación sistemática de los invitados— y evalúa objetos mordisqueables con una ficha de pros y contras. Repartidos por el volumen, los «Comentarios Caninos» ceden la voz a otros perros: apuntes de una línea, resignados o insolentes, que funcionan como coro del narrador.
Bajo la broma continua late una observación afilada de la vida en común. Las páginas dedicadas a los accesorios, a las fotografías subidas a redes sociales o a los métodos de adiestramiento de moda apuntan menos al comportamiento animal que a la costumbre humana de proyectarse sobre lo que ama. De ahí que la obra se anuncie como lectura doble: instrucciones para el perro, espejo para quien lo acompaña. El resultado es un libro breve, de lectura salteada, que se sostiene en un tono irreverente y en la seriedad impertérrita con que su narrador defiende una tesis sencilla: si uno de los dos hace sus necesidades y el otro las recoge, la pregunta sobre quién manda ya está respondida.
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