Saoirse acaba de terminar los exámenes finales, no cree en el amor a primera vista y sí en los besos sin ataduras. La noche en que su padre le anuncia que va a volver a casarse, ella escapa por la ventana rumbo a una fiesta donde conocerá…
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Saoirse acaba de terminar los exámenes finales, no cree en el amor a primera vista y sí en los besos sin ataduras. La noche en que su padre le anuncia que va a volver a casarse, ella escapa por la ventana rumbo a una fiesta donde conocerá a una chica inglesa con un lunar azul bajo el ojo, dispuesta a rescatar a una gatita de debajo de un arbusto. Una novela de voz adolescente afilada y humor irlandés sobre el duelo, la amistad rota y la costumbre de levantar muros antes de que alguien pueda acercarse.
Saoirse —siir-sha, y no como lo pronuncia cierta actriz famosa— ha sobrevivido a dos semanas de exámenes finales encerrada en un vestíbulo sin aire acondicionado y solo aspira a unos calcetines suaves y a no pensar. Declara sin rodeos que no cree en las almas gemelas ni en las comedias románticas, pero sí en los besos: en los picos, los morreos, el arte infravalorado de comerle la boca a alguien. Es su única política vigente, con una letra pequeña estricta: nada de relaciones, y prohibido besar a chicas que puedan quererla de verdad.
Esa noche, su padre descorcha una botella de champán en tazas desparejadas y, entre brindis por Oxford y por el futuro, le anuncia que le ha pedido matrimonio a Beth. Saoirse deja caer la taza, sube corriendo a su habitación y descubre que la rabia no cabe en el espacio que hay entre la puerta y la ventana. Detrás del enfado hay algo que no se dice en voz alta: una madre que no vive en casa, visitas de una o dos horas que no son lo mismo que convivir, y meses de súplicas para que vuelva. También hay una ruptura con Hannah, la única chica a la que ha amado, y una amistad de toda la vida con Izzy rota por lo que Izzy calló. Sola con lo que ella llama sus gatos monteses emocionales, Saoirse ha perfeccionado un método: fingir que nada ocurrió y concentrarse en otra cosa.
Esa otra cosa es la fiesta en casa de Oliver Quinn, el niño rico que organiza fiestas gigantescas y luego se aburre y se refugia en el salón de música. La casa late como un corazón, el vodka bueno está escondido bajo una bolsa de guisantes congelados y el jardín guarda un arbusto de lilas donde Saoirse besó a Hannah por primera vez, con una canción cursi de los ochenta que ahora la hace llorar. Allí, entre pétalos y oscuridad, se topa con una chica inglesa de flequillo torcido, piercing dorado y un lunar azul bajo el ojo, tirada boca abajo bajo las ramas haciendo ruiditos para atraer a una gatita perdida. Lo que sigue —un muro de casi tres metros, un árbol con mala fama, unos vaqueros rotos y una rodilla ensangrentada— tiene todos los ingredientes de una coincidencia improbable de esas en las que Saoirse jura no creer.
Narrada en primera persona con un humor rápido, digresiones que van del sándwich como base de la vida a los prejuicios que permiten a una chica rayar pupitres impunemente, la novela retrata un verano irlandés de calor pegajoso y decisiones aplazadas. Es una historia sobre el momento exacto en que una adolescente se da cuenta de que su regla más querida existe para protegerla de algo que ya le pasó, y sobre lo difícil que resulta seguir defendiéndola cuando alguien te tiende la mano al pie de un árbol.
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