Una mañana cualquiera se parte en dos cuando una llamada de teléfono le comunica a Diana que su marido ha muerto de repente. En «Como diente de león», Pilar Fernández Senac narra desde dentro el primer año de un duelo: la incredulidad que…
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Una mañana cualquiera se parte en dos cuando una llamada de teléfono le comunica a Diana que su marido ha muerto de repente. En «Como diente de león», Pilar Fernández Senac narra desde dentro el primer año de un duelo: la incredulidad que impide llorar, el desconcierto ante el consuelo ajeno, la ternura difícil de explicarle a una hija de tres años que su padre no volverá. Una novela íntima sobre la pérdida y sobre el momento, siempre más tarde de lo previsto, en que uno vuelve a atreverse a mirar hacia adelante.
Diana tiene una vida corriente y ordenada: un matrimonio con sus roces y sus reconciliaciones, una niña pequeña que desayuna cereales con más entusiasmo que puntería, una mañana libre por delante y un café recién servido sobre la mesita del salón. Ese café se quedará frío durante días. Una llamada del trabajo de Santi convierte la rutina en un antes y un después: un ataque al corazón, sin aviso, sin explicación posible.
Lo que sigue no es el derrumbe que todos esperan de ella. Diana atraviesa el tanatorio, el funeral y los pésames repetidos con una entereza que incomoda a los demás y que a ella misma la desconcierta: se ve a sí misma desde fuera, como espectadora de su propia vida, incapaz de derramar una sola lágrima mientras a su alrededor se comenta en voz baja que algo debe de haberse tomado. Solo cuando cierra la puerta de casa, frente a la taza intacta que quedó como testigo del instante exacto en que todo cambió, aparece el visitante que ha estado esperando en el umbral: un señor de traje oscuro y sonrisa ladeada que le tiende su tarjeta y se acomoda en el sofá que ocupaba su marido. Se llama Dolor, y ha venido para quedarse.
La novela avanza al ritmo desigual del duelo real. Hay días de encierro voluntario y llanto en círculo —llorar, enfadarse, compadecerse, odiarse por hacerlo, volver a llorar— y días en que hay que peinarse, cruzar la puerta del colegio y sostener la mirada de todo un vecindario. Alrededor de Diana se organiza un coro de afectos imperfectos: un cuñado responsable que se encarga de los trámites, una cuñada que abraza demasiado fuerte, un suegro que llega sin avisar y le ofrece un consuelo que en realidad se está dando a sí mismo, una madre que calla porque ya conoce este camino, un hermano cuyas manos bastan para hacerla sentir acompañada, una vecina que se atreve a preguntar en voz alta lo que nadie pregunta: cuándo piensa deshacerse de la ropa de Santi.
En el centro está Nerea. Explicarle la muerte a una niña de tres años obliga a Diana a inventar un cuento —un viaje largo por el cielo, una estrella que hay que adivinar, un lugar en el pecho donde su padre estará siempre— y a descubrir después que el cuento también estaba escrito para ella. Porque Nerea vive solo en presente, sin pasado que pese ni futuro que asuste, y esa es exactamente la lección que su madre necesita aprender.
El título da la imagen que sostiene el libro: los dientes de león como pedacitos de nube que echaron raíces por miedo a volar, y que necesitan que alguien sople fuerte para llegar donde en el fondo quieren estar. Fernández Senac escribe en primera persona, con frases que se dejan interrumpir por el pensamiento, con humor seco donde menos se espera y sin buscar nunca el efecto lacrimógeno; la personificación del dolor —de enemigo a compañero de sofá, y finalmente a esa vieja pareja que comparte silencios sin molestarse— es el hallazgo que estructura el relato. «Como diente de león» no promete que se supere una pérdida así, sino algo más honesto: que la vida es caótica, imprevisible y mortal, y que aun sabiéndolo se puede volver a hacer planes.
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