Reunión de relatos de Mercedes Guijarro-Crouch que recorre, con humor desinhibido y oído para el habla viva, las vidas íntimas de un puñado de mujeres a un lado y otro del Atlántico.
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Reunión de relatos de Mercedes Guijarro-Crouch que recorre, con humor desinhibido y oído para el habla viva, las vidas íntimas de un puñado de mujeres a un lado y otro del Atlántico. Entre el presente digital de los blogs y las citas en línea y el pasado de fondas, barrios y voces de archivo, el libro compone un retrato coral del deseo, la picaresca y la resistencia femenina frente a lo que se espera de ellas.
«Cómo desvirgar a… y otras cosillas de mujeres» agrupa ocho relatos organizados en tres tiempos —«Cosillas de hoy», «Cosillas de ayer» y «Una historia de siempre»— que funcionan como una sola conversación sostenida entre mujeres que hablan sin pedir permiso.
El bloque contemporáneo se abre con la pieza que da nombre al conjunto, un relato construido enteramente como bitácora en línea. Su autora ficticia, una española afincada en Carolina del Norte, ha perdido a la vez el empleo y el matrimonio, y decide convertir su búsqueda de compañía en crónica pública. De las salidas nocturnas con sus amigas —una cofradía de divorciadas que se autoproclama mosqueteras— a la migración hacia los portales de citas, la narración avanza a golpe de entrada y comentario: las lectoras responden desde Lima, Miami, Almendralejo o Houston, se consuelan, se contradicen y expulsan a los intrusos, hasta que un pretendiente insólito —un candidato que se presenta con un currículum académico en lugar de promesas— desvía la historia hacia un territorio inesperado. A su alrededor, «Puro teatro», «Film noir» y «Jairo el de Facebook» prolongan ese registro de comedia agria sobre la seducción, la impostura y las identidades que se fabrican para ser deseadas.
«Cosillas de ayer» cambia de época sin cambiar de mirada. «La fonda de la calle San José, 1885», «El barrio Reina Victoria, 1941» y «Voces para un nodo: Isla Chica 1968» descienden hacia el pasado peninsular para recuperar mundos de trabajo, escasez y murmuración donde las mujeres sostienen la vida material y quedan, sin embargo, fuera del relato oficial. El último de ellos experimenta con la forma del archivo y del testimonio recogido, montando la memoria colectiva como un mosaico de voces. Cierra el volumen «Él», una historia de siempre que resume, en clave despojada, aquello que las anteriores han ido rodeando.
La apuesta del libro está en la voz. Guijarro-Crouch escribe desde el registro oral —refrán, insulto cariñoso, sintaxis atropellada, mezcla de español peninsular, americano y de inglés fronterizo— y coloca la risa en el centro del procedimiento: el sexo se cuenta sin eufemismo pero también sin solemnidad, y la crudeza sirve menos para escandalizar que para desmontar el pudor impuesto. Los epígrafes que abren el volumen y la dedicatoria a un linaje de curanderas, comadronas, taberneras y alcahuetas declaran su genealogía: una tradición de mujeres que vivieron de su oficio y hablaron por sí mismas.
El resultado es un libro de humor y de memoria a la vez, atento a la doble condición de quien emigra y envejece, y a la manera en que la comunidad femenina —presencial o virtual, del siglo XIX o de la red social— sigue siendo el lugar donde esas historias encuentran quien las escuche.
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