Autobiografía póstuma del guitarrista fundador de los Ramones, narrada en primera persona: de la infancia en Long Island y Queens marcada por la gramola del bar familiar, el béisbol y el cine de terror, a la delincuencia adolescente, el…
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Autobiografía póstuma del guitarrista fundador de los Ramones, narrada en primera persona: de la infancia en Long Island y Queens marcada por la gramola del bar familiar, el béisbol y el cine de terror, a la delincuencia adolescente, el giro brusco hacia una vida ordenada y la invención de un rocanrol despojado que reescribió las reglas del punk. Un relato seco, competitivo y sin coartadas sobre la ira como método de trabajo.
Hay un momento, hacia la mitad de este libro, en que un chico de veinte años camina por una esquina de Forest Hills y escucha algo —una voz, un pensamiento, no lo sabrá nunca— que le pregunta qué está haciendo con su vida. Ese día abandona las drogas, el alcohol y los años de violencia gratuita, se busca un trabajo de media jornada en una tintorería para comprobar si es capaz de sostener una rutina y, cuando aprueba su propia prueba, entra en la construcción y no falta un solo día durante cinco años. Todo lo que vendrá después —la banda, la disciplina, la obsesión por ser el mejor— nace de esa bisagra.
La voz que cuenta la historia es la del guitarrista de los Ramones, y llega con su cadencia intacta: frases cortas, veredictos sin apelación, humor negro. Antes de la esquina de Forest Hills está la infancia de hijo único en una familia de clase trabajadora, un padre irlandés querido por todos que lo subía a hombros al volver del turno de noche, y un bar familiar con una gramola de la que salían los singles de Little Richard, Fats Domino y Jerry Lee Lewis. Está Elvis en el Ed Sullivan Show, un descubrimiento inmediato y definitivo, mejor aún porque escandalizaba a los adultos. Están los cromos de béisbol guardados con esmero en cajas, el sueño realista de llegar a las ligas menores, las sesiones dobles de cine de monstruos y platillos volantes, las academias militares de Staunton y Peekskill —y el examen robado del cuarto del profesor, revendido a los compañeros con errores deliberados para no levantar sospechas.
Después llegan el CBGB, la furgoneta, las giras y una idea de una simplicidad radical: quitarle al rock todo lo que no le gustaba y quedarse con el resto. Sin blues, sin solos largos, nada que se interponga entre la canción y quien escucha. El autor reconstruye la mecánica interna de una banda que funcionaba como una pandilla —discusiones a gritos sobre el escenario, meses de silencio con el batería por la firma de un platillo, la lenta erosión de la relación con el cantante— y su propio papel de administrador involuntario, el único que se ocupaba del negocio y fijaba las paradas de la furgoneta cada dos horas para llegar a los conciertos.
El hilo que atraviesa el libro es la ira, tratada aquí menos como carácter que como herramienta. Era una imagen —el ceño, la mirada hosca, la pose calculada en cada foto— y también era real: un puñetazo a Malcolm McLaren en el camerino del Whisky a Go Go, un bote de gas lacrimógeno vaciado sobre el público desde detrás de los altavoces. Contarlo desde el final, ya retirado y enfermo, le da al relato su temperatura extraña: quien habla constata que la enfermedad lo ha suavizado y dice preferir al que era antes, porque la cólera le daba vigor. Ese es el pacto que el libro propone: nada de redención, nada de disculpas, solo el inventario honesto de lo que costó ser el mejor y de lo que ese empeño se llevó por delante.
Completan el volumen un prólogo del batería y compañero de su primera banda adolescente, los Tangerine Puppets, y un extenso material fotográfico —conciertos, retratos familiares, entradas de conciertos conservadas durante décadas— que acompaña el relato sin interrumpirlo.