Tres años después de un accidente que se cobró dos vidas en la noche del 31 de octubre, el abogado David sigue reviviendo aquella madrugada cada vez que el calendario se acerca a la fecha.
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Tres años después de un accidente que se cobró dos vidas en la noche del 31 de octubre, el abogado David sigue reviviendo aquella madrugada cada vez que el calendario se acerca a la fecha. Este aniversario, sin embargo, algo más que la memoria empieza a moverse a su alrededor: una camisa que regresa sola al armario, la certeza física de estar siendo observado en su propia casa y, en la casa de su hermano, un tablero de ouija que deletrea su nombre y una exigencia de cuatro sílabas. A partir de ahí, cada medianoche se convierte en un vencimiento, y seguir vivo pasa a ser el único trámite que importa.
David es abogado y lleva tres años funcionando por inercia. No es que no haya seguido adelante: firma documentos, mantiene conversaciones, vuelve a casa con Ana. Pero cuando octubre se acerca a su último día, los detalles de aquel accidente —dos personas muertas, la noche de Halloween— vuelven a instalarse en su cabeza con una nitidez que él mismo reconoce como irracional, y con la que no puede negociar. Ha aprendido a medir su propio deterioro por temporadas: veinte días insoportables el primer año, una semana el segundo, dos días el tercero. Ironizar sobre su desgracia es lo único que le da fuerzas. Este año, además, su hermano ha decidido celebrar una fiesta precisamente esa noche.
Mientras David se ducha en una casa vacía y confunde la letra de un disco de jazz con las frases que le han dicho durante el día, Ana llega antes que él a la casa de Iván y encuentra la habitación en penumbra, las velas encendidas y un tablero de ouija sobre la mesa. Acepta por no arruinar la noche de los demás. La sesión responde: un nombre que es el nombre de su pareja, una negación desconcertante y, después, una frase que nadie se atreve a leer en voz alta hasta que uno de ellos la pronuncia. Las velas se apagan en orden, una tras otra, y solo queda encendida la que está junto a Ana. Esa misma tarde, a kilómetros de allí, David ha visto desaparecer una camisa de su cama y ha sentido en la nuca unas manos que no aprietan todavía.
La novela mantiene desde ese arranque una doble tensión. Por un lado, la duda clínica: David es un hombre racional que preferiría estar volviéndose loco antes que aceptar que la lógica se ha roto, y su primera decisión sensata es buscar un psicólogo. Por otro, el silencio compartido: Ana calla lo que ha ocurrido con la ouija y carga con la sospecha de haber abierto una puerta cuyas reglas nadie del grupo conoce. Una cena entera transcurre con todos fingiendo, y cada uno culpando a su propio estado de ánimo del malestar de los demás.
A medida que avanza, el círculo se amplía más allá de la pareja y de la familia. Entran en juego un sacerdote con inclinación por la parapsicología y un pasado bajo investigación, destinado a una iglesia levantada en planta de pentagrama en lugar de cruz latina —un edificio que para muchos es una provocación erigida a la vista de la propia Iglesia—; un periodista que huele la historia; un policía en desgracia con cuentas pendientes. Algunos empujan a David hacia una salida, otros la estrechan.
La estructura es lo que da a la historia su pulso característico: un plazo que vence cada medianoche y no admite prórroga. Cada jornada se resuelve con la misma pregunta binaria —seguir vivo hasta el siguiente vencimiento o ser el que muere a las doce—, y el margen se estrecha conforme la trama gana información. El resultado es una mezcla equilibrada de intriga criminal, terror doméstico y elementos sobrenaturales, sostenida por un aparato de referencias a episodios reales de la historia del ocultismo y la parapsicología. La atmósfera no se abre nunca: se cierra sobre el protagonista y sobre todos los que insisten en quedarse a su lado.