Marcus despierta en un edificio abandonado sin gafas, sin aparato dental y con una flor blanca en la boca. Antes de entender que ya no es humano, una criatura de pelaje plateado lo acorrala y, en lugar de matarlo, lo olfatea y se duerme…
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Marcus despierta en un edificio abandonado sin gafas, sin aparato dental y con una flor blanca en la boca. Antes de entender que ya no es humano, una criatura de pelaje plateado lo acorrala y, en lugar de matarlo, lo olfatea y se duerme sobre él. Así empieza la alianza improbable entre un vampiro recién nacido y un hombre lobo de trescientos veintiún años empeñado en averiguar por qué su lobo no lo destrozó.
Colmillos de Plata, de Laura Naranjo, abre con un despertar desconcertante: Marcus Aslin, diseñador web de veinticuatro años, coleccionista de figuras y jugador empedernido, recupera la conciencia sobre el suelo frío de un edificio en ruinas. No recuerda cómo llegó allí; solo un golpe por la espalda la noche en que iba a conocer en persona a una chica de Internet. Lo primero que nota son las ausencias: ya no necesita gafas, sus brackets se han deshecho, hay una flor blanca alojada en su garganta y dos colmillos nuevos donde antes había una dentadura corriente.
Quien pone nombre a lo que le ha ocurrido es Sean Láng: veterinario, hombre lobo de nacimiento y, esa mañana, un desconocido desnudo dormido sobre él tras una noche de luna llena que debería haber terminado con Marcus muerto. Esa anomalía —el lobo que no atacó— se convierte en el motor del relato. Sean se ofrece a acompañarlo, primero por curiosidad y después por algo que se parece bastante a la necesidad de compañía tras tres siglos de aislamiento voluntario.
La novela avanza desmontando con humor los tópicos del género: la luz del día no quema, los espejos siguen devolviendo un reflejo, la transformación no espera a la luna llena. A cambio propone reglas propias, más incómodas: una jaula con cadenas en mitad del salón, un lobo que actúa sin que su dueño recuerde nada después, y un hambre nueva que convierte a los vecinos de siempre en olor y latido.
Bajo la trama sobrenatural late un relato íntimo sobre identidad y autoestima. Marcus arrastra la sombra de Alexander, su hermano gemelo, más sociable y atractivo, y un duelo por la madre ausente que sobrelleva refugiándose en aficiones que su hermano llama chalecos salvavidas. Convertirse le entrega, casi como una broma cruel, el cuerpo y el rostro que nunca tuvo, y a la vez le arrebata la vida pequeña y ordenada que quería conservar. Sean, por su parte, guarda un motivo personal para haberse prohibido amar.
Ambos deciden buscar respuestas en los bajos fondos de la ciudad: quién convirtió a Marcus, quién forzó la puerta de su casa y qué beneficio podría sacar alguien de fabricar un vampiro. Narrada en primera persona y con tono ligero, es una historia construida sobre el roce constante entre dos naturalezas que, según todas las reglas, deberían odiarse.
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