Un trabajador migrante latino llega a una pequeña ciudad de Georgia buscando empleo de cocinero y termina como personal de mantenimiento dentro de una enorme base militar.
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Un trabajador migrante latino llega a una pequeña ciudad de Georgia buscando empleo de cocinero y termina como personal de mantenimiento dentro de una enorme base militar. Entre casas idénticas, esposas solas y hombres de uniforme, su rutina de reparaciones se convierte en una travesía cada vez más inquietante, atravesada por sueños de cementerios, bloques de granito flotando en el mar y un collar de orejas humanas que anuncia la violencia que sostiene ese mundo ordenado.
Sergio es un hombre de paso. Ha cruzado el país en autobuses de larga distancia —Las Vegas, Nashville, Oklahoma City— siguiendo el rumor de un trabajo, y desembarca en Albany, Georgia, con una maleta, un currículo gastado y el sueño modesto de llegar algún día a ser chef. La plaza que venía a ocupar en la fábrica de comida para aviones ya está tomada. Lo que encuentra en su lugar es un empleo de todólogo —jardinero, plomero, carpintero, cambiador de chapas y focos— en la zona residencial de una base militar: una ciudad dentro de la ciudad, con su escuela, su supermercado, su biblioteca, su lago artificial y sus áreas prohibidas.
La novela avanza desde ese punto de vista bajo y oblicuo: el del hombre que entra a las casas con una caja de herramientas y una sonrisa obligatoria, invisible mientras no abra la boca. Desde ahí ve lo que nadie más ve. Ve a las esposas que llevan meses esperando a maridos desplegados en Irak y Afganistán, y la soledad que se les desborda en la cocina. Ve a los soldados jóvenes —hijos de guatemaltecos, de mexicanos— que se enlistan para pagarse una carrera o alcanzar la ciudadanía, y que hablan de armas y de mujeres para no hablar de la posibilidad de no volver. Ve a los intermediarios que cobran un tercio del primer salario por conseguir un jale, y la cadena de pequeñas explotaciones entre paisanos. Ve las condecoraciones en estuches de piel colgadas junto a reproducciones de Van Gogh, en salones donde el poder se decora a sí mismo.
El narrador cuenta todo esto con una voz coloquial, sexual, socarrona y desprejuiciada, capaz de saltar del chiste a la ternura y de la ternura a la brutalidad en la misma página. Su deseo lo conduce y también lo pone en peligro: un encuentro con la esposa de un soldado abre el relato, y otra visita de rutina se cierra con un golpe en la cabeza y un despertar esposado a una cama ajena. La comedia picaresca del trabajador que sobrevive gracias a su labia se va agrietando hasta dejar ver otra cosa: la vulnerabilidad absoluta de quien no tiene papeles, ni contrato, ni nadie a quién llamar.
Entre capítulo y capítulo irrumpen sueños que funcionan como una segunda voz de la novela. Un cubo de granito del tamaño de un barco flota hacia el puerto y nadie sabe qué contiene. Una abuela muerta recibe al narrador en un panteón de velas que hay que reponer porque los entierros no dejan de aumentar, le habla de un tío que fue fantasma y espía en la revolución, y suelta la frase que organiza el libro: se preserva lo que importa. Y sobre todo, una mesa de juego donde jugadores enmascarados apuestan ojos, lenguas, corazones, y donde el narrador se quita del cuello un collar de veinte orejas humanas ensartadas en un alambre y lo pone junto a las fichas.
Ese collar es el centro simbólico de la obra: el trofeo de guerra convertido en adorno, la prueba de que la maquinaria militar no produce solamente uniformes limpios y jardines podados. Estructurada en tres partes, la novela va tensando el hilo entre la superficie doméstica de la base y aquello que la sostiene, hasta que la frontera entre lo soñado y lo vivido se vuelve intransitable.
Collar de orejas es a la vez una novela de trabajo y de deseo, una crónica de la migración latina en el sur profundo de Estados Unidos y una fábula moral sobre la violencia normalizada. Alberto Roblest escribe sin eufemismos y sin lecciones: deja que su narrador mire, cuente y se equivoque, y confía en que el lector reconozca la maquinaria detrás del césped recién cortado.
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