Un bar de barrio en Collblanc, en esa costura donde L'Hospitalet roza Barcelona, contado desde dentro: no por el cliente que entra a matar una hora, sino por quien creció detrás de la barra.
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Un bar de barrio en Collblanc, en esa costura donde L'Hospitalet roza Barcelona, contado desde dentro: no por el cliente que entra a matar una hora, sino por quien creció detrás de la barra. Entre el servicio de comidas y el de cenas, este libro reconstruye cuatro generaciones de una familia atada a un negocio de hostelería y, sobre todo, el retrato de la fauna humana que lo habitó. La Loli, prostituta de los sábados y primera amiga adulta del narrador; Onofre, sin techo de barba impecable que merendaba dibujos animados en compañía de un niño; padres que se dejaban la piel pagando colegios al otro lado de la Diagonal. Memoria de clase, de comida y de vecindario, escrita con humor áspero y sin una gota de nostalgia complaciente.
Hay libros sobre bares escritos desde la mesa. Este está escrito desde la cocina.
Casa Collado abrió en 1928, cuando una pareja de emigrantes del interior de Castellón se instaló en Hospitalet de Llobregat y montó una casa de comidas con pensión, huerto y patio. De ahí arranca una línea que atraviesa la Guerra Civil, la Volta Ciclista, el paso del alquiler a la costumbre y el relevo callado de una generación por la siguiente, hasta llegar al menor de tres hermanos: el niño que hace los deberes en una mesa del comedor mientras su madre atiende la barra y su padre limpia anchoas bajo el grifo. Para él, el bar no fue nunca un refugio elegido. Fue la casa. Con sus horarios, sus jerarquías y su imposibilidad de salir.
De esa condición nace lo que distingue a estas páginas. El desfile de borrachos, camellos, ludópatas, chulos, familias, jubilados y desgraciados varios no es un espectáculo que se contempla desde fuera: es el entorno afectivo de una infancia, la única disponible. Los amigos son adultos con problemas. Las lecciones de vida llegan servidas entre un plato de habas a la catalana y un Bitter Cinzano. La autoridad paterna y la laboral se confunden en un mismo engrudo del que cuesta despegarse, y el narrador lo cuenta sin ajustar cuentas ni pedir compasión, con una precisión que muchas veces roza la ternura y otras el bisturí.
El libro avanza por retratos. La Loli, que exigía siempre la peor mesa —la pegada a la cafetera— porque desde allí controlaba el local entero, y que enseñó a un crío cosas que nadie más iba a enseñarle. Onofre, que dormía junto a la iglesia y sabía dosificar la dignidad como quien administra un sueldo. Y alrededor, el barrio: bloques grises donde todo el mundo conocía las miserias del vecino y ninguna se comentaba en voz alta; una economía sostenida por la lealtad al qué dirán, capaz de hacer que una familia siga comprando pasteles durante años en la pastelería que le sirvió una tarta de cumpleaños rellena de ceniza y colillas, sin reclamar jamás.
Atravesándolo todo, la Diagonal como línea de clase. A un lado, los colegios privados, los Mercedes en la puerta y los padres que llegan perfumados; al otro, la Vespa de color butano, el casco demasiado grande y la vuelta al barrio feo. La promesa de que un título universitario abriría la puerta de una vida mejor, y la lenta comprobación de que esos pilares eran de arena.
Ficción de corte autobiográfico que se inscribe en la tradición barcelonesa de literatura de supervivencia —la del lumpen, la ocurrencia y la verdad dicha sin adorno—, pero desplazada al lugar del que casi nunca se escribe: el otro lado de la barra. El resultado es un retrato de paisanaje que cualquiera que haya querido de verdad un bar reconocerá, aunque el suyo estuviera en otra ciudad y se llamara de otra manera.