Ocho días, cuarenta y cinco desconocidos y un autocar que va de Milán a Roma. En «Coliseo a la derecha», Felipe Cutillas Turpin sigue a Claudio Arriaga, un guía turístico capaz de encandilar a cualquier grupo con el micrófono en la mano…
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Ocho días, cuarenta y cinco desconocidos y un autocar que va de Milán a Roma. En «Coliseo a la derecha», Felipe Cutillas Turpin sigue a Claudio Arriaga, un guía turístico capaz de encandilar a cualquier grupo con el micrófono en la mano pero incapaz de ordenar su propia vida cuando vuelve a casa. Entre el itinerario oficial —Duomo, góndolas, Uffizi, Foro— y lo que de verdad ocurre en los asientos de atrás, la novela retrata a un puñado de viajeros que cargan mucho más equipaje del que cabe en la bodega.
Claudio Arriaga sabe despedirse. Lo aprendió a la fuerza, temblando ante un micrófono en su primera gira, y desde entonces no ha vuelto a fallar un final: unas frases luminosas al llegar a Malpensa, un aplauso, y el grupo baja del autocar convencido de haber vivido algo memorable. Antes de encontrar su oficio fue camarero, conserje, mozo de cámaras frigoríficas, ayudante de topografía, vendedor de ordenadores y media docena de cosas más; ahora conduce a extraños por Italia y, en el trayecto, esquiva la única conversación que no consigue cerrar bien, la que le espera en Valencia con Gabriela.
Sobre esa figura se monta «Coliseo a la derecha», una novela construida como el circuito que narra: nueve jornadas numeradas, de Milán a Verona, Venecia, Padua, Florencia, Asís y Roma, cada una precedida por el programa impecable de la agencia y contrapesada por el diario privado del guía. La distancia entre ambos documentos —lo que el folleto promete y lo que la semana entrega de verdad— es el terreno donde vive el libro.
El pasaje no es un coro anónimo. Andrea Silva, actriz brasileña que un día llenó portadas y hoy descuelga el teléfono en un salón lleno de botellas vacías, se apunta al viaje casi por accidente y viaja parapetada tras unas gafas de sol enormes. Karen y Gonzalo llegan de Guadalajara con un tarro de aceite picante escondido entre las camisas y una discusión conyugal que empezó mucho antes de hacer la maleta. Joaquín, murciano, divorciado y dueño de una empresa que funciona sin él, huye hacia delante con la jovialidad ruidosa de quien no quiere quedarse solo en casa. Patricio Vattuone mezcla portugués y español y se ofrece, sin más, a hacer amigos. Al volante, Jorge cuenta las propinas, fuma cuando no hay clientes y reparte consejos matrimoniales que nadie le ha pedido.
Cutillas Turpin escribe con humor seco y una atención muy precisa a los rituales del turismo organizado: el reparto de habitaciones, la ronda de presentaciones, el pasajero que exige un sitio mejor para su maleta, la fila de viajeros arrastrando ruedas por un aparcamiento. Pero bajo la comedia de costumbres late una pregunta menos amable, la que Claudio solo se atreve a escribir en un cuaderno que cree que nadie leerá: si haber visto el mundo entero compensa haber dejado atrás al niño que era feliz en once calles, cuando el barrio era el planeta y la plaza, su centro. Los italianos tienen una palabra para quien mide la Tierra desde su campanario; el guía la conoce bien y no sabe si perdió algo el día que dejó de merecerla.
Novela coral, itinerante y con un pie firme en la melancolía, «Coliseo a la derecha» propone lo que promete cualquier buen viaje: uno se apunta por los monumentos y vuelve hablando de la gente.
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