Una detective recién ascendida a Homicidios llega a una casa aislada de Topanga Canyon donde hay sangre por todas partes y ninguna víctima: han desaparecido una madre soltera, sus dos hijos pequeños y hasta el perro de la familia.
Descargar
Una detective recién ascendida a Homicidios llega a una casa aislada de Topanga Canyon donde hay sangre por todas partes y ninguna víctima: han desaparecido una madre soltera, sus dos hijos pequeños y hasta el perro de la familia. Con un compañero a punto de jubilarse que le cede el peso de la investigación, Eve Ronin deberá reconstruir qué ocurrió allí mientras carga con el escepticismo de todo un departamento que no cree que se haya ganado la placa.
Eve Ronin lleva apenas tres meses como detective de Homicidios en la comisaría de Lost Hills, y todo el mundo a su alrededor sabe cómo llegó hasta ahí: un vídeo viral en el que, fuera de servicio, redujo contra el asfalto a una estrella de cine que golpeaba a una mujer. Once millones de visualizaciones después, el ascenso llegó como un regalo envenenado, un golpe de relaciones públicas para un departamento que necesitaba desviar la atención de sus propios escándalos. Sus compañeros la llaman «Puño Mortal» con una sonrisa torcida y dan por sentado que no está cualificada. Ella lo sabe y, aun así, prefiere preguntar y aprender antes que fingir experiencia.
La novela arranca con una lección temprana sobre cómo funciona realmente el oficio: una disputa jurisdiccional en el cruce donde Mulholland se encuentra consigo misma, un cadáver en una camioneta y dos detectives de la ciudad dispuestos a empujar el problema unos centímetros al otro lado de una piedra conmemorativa. Eve detecta el detalle que los delata —unas agujas de pino que no deberían estar donde están— y devuelve el caso a quien le corresponde. La victoria dura poco: la siguiente llamada los envía a una calle sin salida de Topanga Canyon, donde una compañera de trabajo ha mirado por la ventana de la cocina y ha visto sangre.
Lo que encuentran dentro no se parece a nada que ninguno de los dos haya visto. Sangre en el linóleo, en el pasillo, en las paredes de un dormitorio infantil de paredes rosas, en un baño donde alguien intentó limpiar con lejía y dejó un olor imposible a cloro y aceite de motor. Dos mochilas escolares sobre charcos secos. Un colchón rajado. Un rastro de gotas que muere donde debía de haber un coche aparcado. Y ni un solo cuerpo. Tanya Kenworth, madre soltera y extra de televisión, no fue a trabajar esa mañana; sus hijos, de diez y siete años, tampoco están. Tampoco el perro.
Duncan Pavone, el veterano que cuenta los días que le faltan para jubilarse, toma una decisión honesta y brutal: él se queda con el papeleo y ella será la cara de la investigación. No es una muestra de confianza sino de agotamiento —no quiere más pesadillas de las que ya se lleva a casa—, y Eve lo acepta sabiendo que a partir de ese momento el cuello que arriesga es el suyo. Mientras acordona la propiedad, encuentra en la colina que domina la casa un saco de dormir limpio y los restos recientes de una comida rápida: alguien estuvo vigilando esa puerta desde arriba, y no hace mucho.
Goldberg construye su relato sobre una geografía muy concreta —las montañas de Santa Mónica, los cañones donde el viejo espíritu contracultural se rinde ante los Bentley, las fronteras administrativas que deciden de quién es un muerto— y sobre una protagonista cuya biografía se filtra en cada escena: hija de una extra que sigue esperando que la descubran y de un director que repartió apellidos sin repartir manutención, Eve reconoce en la casa de Tanya la casa de su propia infancia. Esa identificación es su motor y también su punto ciego. La investigación apenas empieza, y ya hay demasiadas preguntas sin cuerpo que las sostenga.
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.