Un cocinero joven a punto de saltar a la fama televisiva descubre, minutos antes de entrar en plató, que el último cadáver aparecido en un río de Londres podría ser el de su mejor amigo.
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Un cocinero joven a punto de saltar a la fama televisiva descubre, minutos antes de entrar en plató, que el último cadáver aparecido en un río de Londres podría ser el de su mejor amigo. A partir de ahí, la novela retrocede para reconstruir cómo dos chicos de Manchester —uno con talento para los fogones, otro para el caos— acabaron mezclados con tarjetas de crédito clonadas, un restaurante recién inaugurado, la mujer de un viejo gánster retirado en la Costa del Sol y una serie de crímenes que los medios ya han convertido en espectáculo.
Hogie tiene el gorro de cocinero puesto, los focos esperan y una productora dispuesta a demandarlo si se marcha. Es su última oportunidad de convertirse en el chef mediático que siempre quiso ser, después de haber arruinado una aparición anterior en un programa matinal. Entonces el informativo de medianoche abre con el quinto de una serie de asesinatos: un cuerpo envuelto en lona plastificada, recuperado en un riachuelo al este de la ciudad, mientras un policía habla de crimen ritual y un psicoanalista con libro recién publicado vende la teoría del carnaval y la llamada de la carne. Hogie está seguro de saber quién es el muerto. Lo que decida hacer en los siguientes minutos —vender lo que sabe de las víctimas o largarse— define el tono de todo lo que viene después.
La historia vuelve entonces a Manchester, a una noche cualquiera en un bar donde Hogie cuenta, entre risas, cómo él y Cheb perdieron doscientas libras en el canódromo por ir una carrera por delante de los perros. Cheb, rapado al cero tras años de playas tailandesas, discos de trance y karma de manual, intenta pagar copas con tarjetas a nombre de gente que no existe. Alrededor orbitan Gloria Manning, que lo oye todo desde el otro extremo de la barra; su hijo Mannie, que ya no mueve mercancía y arrastra una tristeza que sus amigos han aprendido a rodear; y su hija Jools, actriz de un serial que planea matar a su personaje y que se engancha al coche, a la noche y a Hogie con una insistencia difícil de sacudirse. Todos se conocen desde el colegio; casi ninguno ha encontrado una razón para irse.
A mil kilómetros, en un chalé de la Costa del Sol, Susan Ball friega los restos de la última borrachera de su marido y calcula cuántas horas tardará él en notar que se ha ido. Frankie el Balas fue un ladrón guapísimo con mala puntería y buenos recortes de prensa; ahora se cuece en su propio aburrimiento, sale de caza con una escopeta recortada y deja que ella lleve las cuentas. Susan ha estado moviendo el dinero con la ayuda de George Carmichael, socio a distancia, contador de historias obscenas y compradorde un restaurante en Londres cuya fiesta de inauguración coincidirá con su regreso. El restaurante lo llevan dos chicos: un cocinero que llegará lejos y su mejor amigo, al que hay que aguantar.
Las dos líneas convergen hacia esa inauguración, y el lector ya sabe —porque el prólogo se lo ha dicho— que algo va a salir catastróficamente mal. Nicholas Blincoe construye una novela negra de resaca perpetua, escrita en un registro coloquial, veloz y muy sucio, donde las drogas son logística y no metáfora, el fraude con tarjetas es un negocio familiar y la violencia llega envuelta en el mismo plástico con el que se sirve la televisión. El humor es constante y raras veces amable: los personajes se ríen de sí mismos mientras avanzan hacia consecuencias que ninguno se molesta en calcular. Detrás del chiste hay una idea persistente sobre la culpa —Hogie está convencido de que todo arranca en sus propios pecados— y sobre un país que ha aprendido a consumir la muerte ajena como entretenimiento nocturno. Publicada originalmente en 1997, es una crónica de una generación británica que confundió el hedonismo con un plan de vida.