Martina es maestra de primaria en una escuela privada de Sarrià, en Barcelona. Tras una ruptura que la dejó sin ganas de repetir, se ha construido una vida ordenada y solitaria: clases, carreras por la Ciutadella y zumos de naranja con un…
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Martina es maestra de primaria en una escuela privada de Sarrià, en Barcelona. Tras una ruptura que la dejó sin ganas de repetir, se ha construido una vida ordenada y solitaria: clases, carreras por la Ciutadella y zumos de naranja con un camarero amigo. Todo funciona hasta que un hombre de traje y mirada fría empieza a aparecer en cafeterías, terrazas y semáforos, hasta que un choque en plena calle convierte la casualidad en presentación. Una novela ligera sobre las defensas que uno se construye y lo poco que duran.
Martina ha diseñado su vida como quien levanta un muro con mucho cuidado: se mudó a Barcelona después de que su única relación, cinco años con Rubén, terminara mal; buscó trabajo en una escuela privada de Sarrià; eligió un piso lejos, en un barrio donde puede permitirse vivir sola; y decidió, con toda la seriedad de una promesa, que ningún hombre volvería a hacerle daño. Sus fines de semana son correr por el parque de la Ciutadella, preparar clases y dormir. Su vida social cabe en tres compañeras de trabajo —Angélica, Emma y Lucía— y en Carlos, el dueño de la cafetería del parque, que le pide salir cada sábado y cada sábado recibe un no amable.
El muro empieza a agrietarse en una comida de cumpleaños. En la mesa de al lado se sientan cuatro hombres trajeados; tres sonríen y uno no. Ese, el serio, es el único en el que Martina no puede dejar de pensar. A partir de ahí lo ve en todas partes: saliendo de una cafetería de la Rambla, comiendo al fondo de un restaurante, al volante de un Audi que frena para dejarla cruzar. Ella responde con una estrategia de evitación cada vez más absurda —no pasar por la Rambla, no comer fuera de la escuela— hasta que un encargo del director la manda de vuelta al lugar prohibido, cargada de paquetes, y un choque en una esquina termina con ella en el suelo y con la mano hinchada.
Él se llama Álvaro. La acompaña al médico, espera a que le venden la mano, le deja una tarjeta y reaparece: en la puerta de la escuela, en una terraza, con una insistencia serena que Martina no sabe cómo desactivar. Mientras tanto, sus amigas montan el retrato del desconocido a base de rumores de oficina —que es un engreído, que es el jefe que hizo esperar dos horas a toda una junta de directivos, que quizá sea gay—, y ninguna versión coincide con el hombre que le besa la mano vendada.
Contada semana a semana en primera persona, con humor autocrítico y un ritmo de diario, es la historia de una mujer que se enamora a su pesar y de todas las excusas que inventa para no admitirlo.