En el pueblo fronterizo de Mile Falls, Joe Winter es condenado a la horca por un crimen que no cometió, señalado por la mujer con la que había roto y por el capataz que lo detesta.
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En el pueblo fronterizo de Mile Falls, Joe Winter es condenado a la horca por un crimen que no cometió, señalado por la mujer con la que había roto y por el capataz que lo detesta. Su hermano Cliff, incapaz de aceptar el veredicto, recurre a un viejo pistolero de las montañas para arrancarlo del calabozo antes del amanecer. Un western clásico sobre justicia comprada, lealtad fraternal y el precio de convertirse en fugitivo.
Todo empieza con una palabra gritada en una sala de juicios: asesino. Quien la lanza es Pamela Turner, vestida de luto y desencajada, y quien la recibe es Joe Winter, el hombre con el que hasta hace poco paseaba a orillas del río. El muerto es Raymond Hubert, ranchero y padrino de ella; el acusado es el último que lo vio con vida. No hay pruebas, pero hay dos testimonios convenientes —el de Pamela y el del capataz Master, viejo enemigo de Winter— y un pueblo entero que ya decidió el veredicto antes de escuchar la defensa.
El juicio se convierte en tumulto. Cuando Pamela extiende su odio hasta la memoria de la madre de los Winter, el hermano menor, Cliff, salta sobre los bancos y desata una pelea que termina con él arrastrado hacia una celda. Ni siquiera la partida de linchadores que irrumpe con una soga logra alterar el trámite: el juez Burton impone el orden a punta de fusil, el jurado dicta culpable y la sentencia queda fijada para el amanecer. La ley, en Mile Falls, llega al mismo destino que la turba, solo que con mejores modales.
Cliff no llega nunca al calabozo. Aprovecha un descuido de sus custodios, se abre paso a puñetazos y huye a caballo en medio de una tormenta de polvo hacia un valle cerrado donde vive Walton, un pistolero retirado que aprendió de los indios el arte de la emboscada y que resulta ser, además, amigo de Joe. Por quinientos dólares —que acepta a regañadientes, porque el trabajo le parece deuda antes que encargo— Walton acepta intentar lo imposible: sacar a un condenado de una oficina vigilada, en un pueblo que hace guardia esperando el patíbulo.
El plan pasa por unos cartuchos de dinamita robados en las minas y por una certeza cínica sobre la naturaleza humana: quienes gritan más fuerte pidiendo una horca son los primeros en atrancar la puerta cuando el peligro es propio. Mientras el sheriff Mac Lay se lanza hacia la presa volada, Cliff entra por el pasillo iluminado con el revólver amartillado. Lo que sigue —una reja abierta, dos guardianes encerrados, un disparo en la oscuridad de una bocacalle— no libera a los hermanos: los ata. Al huir juntos bajo la lluvia hacia el oeste, ya no son un inocente y su defensor, sino dos proscritos con el mismo horizonte y las mismas cuentas pendientes.
La novela avanza entonces hacia el terreno más antiguo y más eficaz del género: la fuga por cañones desconocidos, la ruta soñada hacia California, la sospecha de que la verdad sobre la muerte de Hubert quedó atrás sin resolver y de que alguien tendrá que volver a buscarla. Narrada con diálogo seco, capítulos breves y una violencia que nunca se demora, es una historia sobre lo que ocurre cuando la justicia se pone al servicio del rencor y a un hombre solo le queda su hermano.
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