Un capitán de barco de alquiler en Miami acepta un encargo aparentemente rutinario y descubre que sus clientes no son de este mundo: han venido a rescatar a un ejército dormido desde hace cinco mil años bajo el arrecife.
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Un capitán de barco de alquiler en Miami acepta un encargo aparentemente rutinario y descubre que sus clientes no son de este mundo: han venido a rescatar a un ejército dormido desde hace cinco mil años bajo el arrecife.
Amanece sobre los canales de Coral Gables y Jack Fischer saca el Manta III a mar abierto con la despreocupación de quien ha hecho el mismo trayecto mil veces. Sus pasajeros pagan bien y hablan poco. Llevan escafandras, una bomba de succión enorme y cajas que nadie abre. Jack, veterano y pragmático, decide que el contenido de esas cajas no es asunto suyo.
La jornada se tuerce despacio. Primero es una antena improvisada entre los pescantes; después un globo plateado que asciende sin permiso ni explicación; luego un segundo barco, el Terra Time, que repite el mismo montaje rumbo al sol naciente. Y están los hombres: uno diminuto y sin un solo pelo en el cuerpo, seco bajo el calor, con ojos que cambian de color entre una mirada y la siguiente. Cuando dos rayos de luz —uno rojo desde el fondo del mar, otro azul desde el cielo— se cruzan sobre un punto exacto del arrecife, la brújula del Manta III estalla y Jack pierde el conocimiento.
Despierta en su propia litera, con el olor dulzón de algo antiguo en el aire, y escucha una historia que tarda una hora en contarse y una vida en asimilarse. Sus pasajeros vienen de Antares. El arrecife que él llama Las Piedras, donde siempre ha pescado barracudas, es lo que queda de una colonia que la Tierra recuerda bajo otro nombre: Atlántida. Hace cinco milenios, cuando un fragmento desprendido de Saturno amenazó con arrasarla, la colonia fue evacuada, pero su ejército quedó atrás, sellado en la roca dentro de vainas —cocoons— en animación suspendida. Novecientos cuarenta y un soldados esperando una orden que nunca llegó. Ahora la orden ha llegado.
La operación necesita tres meses, un barco discreto y un hombre local que sepa callar. A cambio le ofrecen dinero, importancia y la insinuación de algo mucho mayor: la posibilidad de vivir cinco mil años. Jack acepta antes de entender del todo lo que acepta.
Mientras tanto, en tierra firme, un complejo residencial recién construido llamado Antares desconcierta a medio Miami. Su vendedor tiene instrucciones insólitas —espantar a los compradores— y aun así veintisiete matrimonios jubilados se han empeñado en mudarse allí, convencidos de haber encontrado una ganga. Nadie les ha dicho que van a instalarse en el centro exacto de una operación militar interestelar, ni que los cocoons que empiezan a llegar al muelle guardan algo que ningún morador de este planeta debería tocar.
Con un tono que alterna el asombro cósmico y la comedia doméstica de la Florida de los jubilados, la novela construye su tensión sobre una pregunta sencilla: qué ocurre cuando lo extraordinario se instala en un vecindario perfectamente ordinario, y quién decide lo que la humanidad está preparada para saber.