Un recetario pensado para el embarazo que combina orientación nutricional revisada por una especialista con más de un centenar de platos cotidianos, ligeros y adaptados a las molestias propias de cada trimestre.
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Un recetario pensado para el embarazo que combina orientación nutricional revisada por una especialista con más de un centenar de platos cotidianos, ligeros y adaptados a las molestias propias de cada trimestre.
Este libro parte de una idea sencilla: el embarazo no obliga a comer por dos, sino a comer mejor. Sobre esa premisa, Carmen Suárez construye un manual de cocina doméstica que empieza donde suelen empezar las dudas reales —cuántas calorías añadir, cómo repartir proteínas, hidratos y grasas a lo largo de cinco comidas, qué alimentos aportan el hierro, el calcio y el ácido fólico que el organismo reclama durante la gestación— y termina en el fogón, con recetas medidas para responder a esas necesidades sin convertir la cocina en un laboratorio.
La primera parte, elaborada con el asesoramiento médico de la Dra. Dolores Gómez, funciona como una guía práctica y desdramatizadora. Aborda con naturalidad los episodios que acompañan a los nueve meses: las náuseas de las primeras semanas y los remedios que las apaciguan, la hinchazón y los gases, el ardor del último trimestre cuando el bebé presiona hacia arriba, la pereza intestinal que agravan los suplementos de hierro. También delimita con claridad lo que conviene evitar —alcohol, tabaco, cafeína, lácteos sin pasteurizar, carnes y pescados crudos— y explica en qué consiste la toxoplasmosis y qué precauciones simples reducen el riesgo. El tono es cercano, sin alarmismo, y remite al criterio médico siempre que la molestia se sale de lo corriente.
El recetario que sigue es la traducción práctica de todo lo anterior. Los platos —entrantes, sopas, ensaladas, arroces y pastas— están pensados para el día a día: un tabulé de cuscús con espinacas y avellanas, una porrusalda con migas de bacalao, una caponata siciliana con las berenjenas hechas a la plancha para aligerarlas, una crema rápida de alubias con vinagreta de pistachos, una lasaña de setas o un risotto a las hierbas. Cada receta incluye tiempo, dificultad, ingredientes para cuatro personas, elaboración paso a paso y un consejo que resuelve una sustitución, una alternativa para quien sufre acidez o un atajo cuando falta tiempo.
La adaptación no se anuncia, se practica. Desaparecen los embutidos, los quesos muy grasos y los vinos y licores; las salsas se ligan con una pizca de harina o de maicena en vez de espesarse con grasa; la nata cede casi siempre su lugar a la leche y, cuando el sabor la exige, no pasa de dos cucharadas por ración; el aceite se dosifica en una cucharada por comensal, porque el objetivo es reducirlo, no suprimirlo. Frutas y frutos secos aparecen en cantidades contenidas y los postres quedan reservados para ocasiones puntuales. El resultado es un libro que no pide renuncias espectaculares ni recurre al discurso de la privación: propone cocinar bien durante nueve meses, con recetas que cualquiera puede repetir después.
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