Un detective privado de Chicago acepta lo que parece un chantaje rutinario —un beso robado, un flash inesperado— y acaba frente a una escena criminal que desborda cualquier cálculo.
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Un detective privado de Chicago acepta lo que parece un chantaje rutinario —un beso robado, un flash inesperado— y acaba frente a una escena criminal que desborda cualquier cálculo. Novela negra de corte clásico, narrada en primera persona, con humor seco, capítulos breves y una galería de personajes trazados a brochazos rápidos.
El relato se abre con una presentación en toda regla: el narrador, Mark Evans, se define por contraste con el sabueso famélico de las novelas baratas. Tiene bufete en un barrio céntrico, dos secretarias, un archivo con lo más granado de la delincuencia del país, un revólver y una botella en el mismo cajón, y una reputación cultivada a partes iguales por su eficacia y por un par de amigos en la prensa. Se describe alto, cínico, escéptico, hábil con las mujeres y poco perseverante. Y advierte, casi de pasada, que lo que va a contar empezó por un beso.
Antes de entrar en escena, el narrador cede el paso a los hechos. Una noche cualquiera, el director ejecutivo general de una gran empresa química se queda trabajando en el edificio administrativo y retiene a la telefonista del turno de tarde a la espera de una llamada. Poco después de medianoche, la muchacha abandona la centralita, recorre los pasillos y se presenta en el despacho. La conversación deriva, el tuteo llega antes que la prudencia y, en el instante exacto del beso, la puerta se abre de par en par y un fotógrafo dispara varias placas con flash antes de desaparecer.
A la mañana siguiente el empresario acude a la oficina del detective. Reconoce sin rodeos que no es su primer chantaje: su propio matrimonio nació de una extorsión, cuando su entonces secretaria consiguió fotocopias de documentos que probaban un tráfico ilegal amparado en el nombre de la compañía. Acaba de recuperar esas copias, y sospecha que la encerrona del despacho es la respuesta de su esposa: municiones frescas para bloquear un divorcio y proteger una pensión. El encargo es simple de enunciar y difícil de cumplir: encontrar los negativos.
La investigación arranca de noche, por convicción profesional del narrador, en un edificio ruinoso de un barrio degradado. La entrada por la escalera de incendios, el pasillo a oscuras y el haz intermitente de la linterna preparan un hallazgo que cambia por completo la escala del caso y convierte un asunto de alcoba y dinero en algo mucho más siniestro. A partir de ahí, el rastro pasa por un confidente repugnante que trafica con soplos en el peor barrio de la ciudad, por un encargo de carpintería demasiado peculiar para no dejar huella, y por una visita a medianoche a la esposa del cliente, veinte años más joven que él, que recibe en bikini, sirve whisky y no se molesta en fingir cortesía.
La obra pertenece de lleno a la novela popular de quiosco: capítulos cortos, geografía urbana enumerada con nombres de calles y barrios, marcas comerciales como decorado, coches descritos con ficha técnica incluida y un narrador que interpela al lector, se corrige, se desvía y vuelve. Su sensualidad, su humor y sus retratos secundarios responden a las convenciones de la época en que fue escrita, lo que la vuelve legible hoy tanto como intriga criminal cuanto como documento de un género y de un modo de publicar.
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