«Claro de luna» reúne la producción poética de F. J. Malpica entre 2008 y 2014 en un volumen donde conviven la memoria de un pueblo venezolano, la fe cristiana, el amor y la conciencia social.
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«Claro de luna» reúne la producción poética de F. J. Malpica entre 2008 y 2014 en un volumen donde conviven la memoria de un pueblo venezolano, la fe cristiana, el amor y la conciencia social. Con registro coloquial y musical —cercano a la copla, la bachata y el habla llanera—, el autor alterna el homenaje íntimo con la crónica colectiva: la infancia recobrada, los enamoramientos de abril, las fiestas patronales de Canoabo, los oficios de sus tallistas y maestros, y una lectura militante del presente latinoamericano. El resultado es un cancionero personal que quiere ser también archivo afectivo de una comunidad.
Publicado en diciembre de 2015, «Claro de luna» se presenta como una compilación poética escrita entre 2008 y 2014 por F. J. Malpica, dedicada a su hijo y a sus sobrinos con la intención declarada de sembrar «el árbol de la fraternidad». El prefacio funciona como llave de lectura: el autor describe la obra como un viaje interior hacia el «pequeño haz de luz» que persiste en la oscuridad de la mente, y anuncia los cuatro caudales que la recorren —el canto de dolor, la balada de esperanza, el retrato del viejo pueblo y el grito de libertad—.
El libro abre con un poema cosmogónico, «Oscuridad», donde la creación bíblica sirve de marco para la vieja pregunta por la identidad: un hombre que se sabe barro, aliento y «cenizas de una vieja estrella» interroga su lugar entre la ciencia y lo divino. Ese pulso metafísico reaparece en «Epifanía», una extensa meditación que entrelaza la infancia de Jesús con la del propio hablante y desemboca en un encuentro con un niño de la calle: el reconocimiento de que abandonar a los hijos es una maldición heredada que alguien debe romper. La religiosidad del conjunto es explícita y popular, más devocional que dogmática, y suele resolverse en un mandato ético hacia los más pobres.
Una segunda vertiente es la política. «Salutación al Comandante Chávez» despide al líder venezolano con imaginería llanera, letanías y consignas; «De zurda conducta» convierte una carretera de curvas en parábola ideológica y hace dialogar a la Poesía con la Antipoesía sobre el sentido de escribir; «Sonatina de libertad», dedicada a la mujer afrodescendiente, recorre África de la mano de una «Pequeña Guerrera» que hereda a Mandela y a Shaka. En «Es que acaso el amor no existe», el debate se traslada a las redes sociales: una conversación de muro entre una mujer indignada por las guerras y un joven enamorado sirve para contraponer la violencia global —con una nota al pie dedicada a los niños muertos en Gaza en 2014— a la persistencia del afecto cotidiano.
El corazón afectivo del volumen es, sin embargo, Canoabo. La suite «Nuestra gente, los que ya no están», escrita para el tricentenario de la fundación del pueblo, avanza en nueve secciones que recuperan las casas de barro y caña, las coleaderas y galleras, el palo encebado, los parrandones de diciembre y las faenas comunitarias «a cayapa». Allí desfilan sus figuras tutelares: el indio Canoabo de los petroglifos, el poeta Vicente Gerbasi y su padre inmigrante, el tallista Viviano Vargas y su escuela de artesanos, el educador Félix Adam y su siembra de andragogía. Un acróstico y una invitación al parrandón navideño completan ese retrato costumbrista, sostenido por un léxico regional que el autor no traduce ni suaviza.
El amor, en fin, atraviesa el libro en poemas breves de tono festivo y sensual —«Amor de abril», «Tus besos Marcela», «Catirrucia consentida», «A qué te sabe el amor»—, junto a elegías familiares y textos sobre la escritura misma, como «Soy el poeta virtual», donde el trovador antiguo se reconoce en el usuario de la era digital. Entre la copla y el manifiesto, entre la nostalgia y la denuncia, «Claro de luna» propone la poesía como forma de no soltar los lazos: con los muertos, con el pueblo y con quienes vendrán a buscar sus raíces.
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