Un thriller político y de espionaje que sigue a dos agentes de una agencia privada de inteligencia encargadas de desmantelar, desde dentro, a una dinastía política española.
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Un thriller político y de espionaje que sigue a dos agentes de una agencia privada de inteligencia encargadas de desmantelar, desde dentro, a una dinastía política española. Entre Venecia y Barcelona, la lealtad, la venganza y la ambición se entrelazan en una operación donde nadie es lo que aparenta.
En una suite de Barcelona, un expresidente muere con la certeza de haber comprado placer y no una sentencia. La mujer que aprieta el gatillo se llama Irina Paulova, sobrevivió al asesinato de su familia en Rusia escondida en un armario y ha convertido esa noche en un método: matar sin temblor, limpiar sin huella, dejar una escena que los forenses leerán como suicidio. Ese primer encargo es apenas la pieza inicial de un plan mucho más ambicioso.
La novela desplaza entonces su mirada a Venecia, donde tras la fachada de un hotel de lujo a orillas del Gran Canal operan las oficinas del Centro Internacional de Inteligencia, una agencia privada dirigida por Eleanore Taylor —Lea—, veterana del oficio que forma a sus propios agentes en una escuela al norte de Belfast y alquila sus servicios a monarquías, gobiernos y fortunas que prefieren no aparecer en los medios. Allí convoca a Ingrid Freya, hija de dos policías de élite, infiltrada experimentada en el mundo político, y le entrega un expediente que parece imposible: barrer del mapa a toda una cúpula de poder. El cliente es anónimo; la orden, total.
Irina e Ingrid, amigas desde su formación y una de las parejas más eficaces de la agencia, se reparten los objetivos casi como un juego: Ingrid se ocupará de Pol Rivelles, heredero del expresidente y favorito para las siguientes elecciones; Irina, de Marc Llach, su rival dentro del mismo tablero. El reparto tiene truco. Ingrid ya estuvo infiltrada en ese partido, ya conoció sus pasillos, sus lealtades de conveniencia y sus amistades con fecha de caducidad, y ya cometió el error que Lea no ha olvidado: enamorarse de un investigado. Cuando Pol y Marc la buscan por separado, cada uno pidiéndole lo mismo —eliminar al otro— y ninguno sabiendo que ambos figuran en la misma lista, la operación deja de ser una partida controlada.
La autora construye su trama sobre una convicción incómoda: el poder visible es solo la marioneta de un poder que nunca sale en la foto. Los despachos, las encuestas y las campañas funcionan aquí como escenografía de una lucha más antigua y más sucia, donde las cuentas pendientes se saldan con dinero, silencio y balas. Al mismo tiempo, la novela sostiene un pulso íntimo: la memoria de Irina, que sigue buscando a los asesinos de sus padres y su hermano pequeño y sospecha que el hilo conduce a una sociedad secreta de asesinos; y la de Ingrid, que se ha endurecido pero todavía distingue el asco de la costumbre.
Con un ritmo de thriller contemporáneo y un contraste deliberado entre la belleza serena de Venecia y la crudeza de la trastienda política española, la obra alterna la observación mordaz de los usos del poder —el reparto de sillones, el postureo, las amistades que se evaporan cuando dejas de ser útil— con secuencias de acción y de espionaje. En medio, dos mujeres entrenadas para no sentir descubren que la parte más peligrosa del encargo no está en la lista de objetivos, sino en lo que cada una está dispuesta a hacer para no perder a la otra, ni el lugar que ha ganado.