Una corredora sale de casa una mañana idéntica a todas y regresa a un mundo que ya no la reconoce. En *Ciudad sin mariposas*, Norahenid Amezcua Ornelas sigue a Violeta Larrauri, joven política de vida acomodada, después de que un arcoíris…
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Una corredora sale de casa una mañana idéntica a todas y regresa a un mundo que ya no la reconoce. En Ciudad sin mariposas, Norahenid Amezcua Ornelas sigue a Violeta Larrauri, joven política de vida acomodada, después de que un arcoíris la deposita siglo y medio adelante, en una ciudad donde los árboles están prohibidos, el agua y el oxígeno se entregan en raciones y la piel de la gente se ha vuelto papel reseco. Refugiada en un caserón en ruinas, Violeta descubre un huerto clandestino y, con él, a los pocos que todavía se atreven a sembrar. Novela breve de tono fabulador y aliento ecologista, sobre lo que queda de una persona cuando su época entera se ha convertido en recuerdo ajeno.
Violeta Larrauri tiene una rutina cómoda y un porvenir despejado: carreras profesionales terminadas a tiempo, una carrera política fulgurante, una familia querida, un novio con quien está a punto de casarse. Todo eso cabe en un trote matinal por el parque de siempre, entre fuentes y tezontle. Pero ese día los relojes marcan las doce cuando deberían marcar las ocho y media, un desconocido de rostro momificado le cierra la puerta de su propia casa, y la comisaría a la que corre a denunciarlo ha sido sustituida por una avenida atestada. La ciudad es la misma y no lo es: han pasado alrededor de ciento cincuenta años.
El mundo al que Violeta despierta ha sido despojado deliberadamente de naturaleza. No hay un árbol, una hoja, una flor; todos visten túnicas oscuras bajo un calor sin tregua; el agua se reduce a un vaso diario y el aire limpio a cinco aspiraciones, mientras máquinas fabrican un oxígeno con color y olor que vuelve suplicio respirar. La escasez no es accidente sino método: cuerpos con energía apenas para trabajar dos horas y ninguna para pensar, cuestionar o reclamar. La esperanza de vida ronda los cuarenta y ocho años y los ancianos se cuentan con los dedos. Una policía vestida de morado vigila que nadie transgreda el orden, y la piel húmeda de Violeta la delata a cada paso como una intrusa imposible.
El azar la lleva a una casona semiderruida donde encuentra, bajo unos tablones, un puñado de verduras vivas. Ese huerto minúsculo la salva del hambre y la introduce en una red clandestina: Rafael, arquitecto y dueño de la casa, que carga agua entre la ropa y le explica que ciertos arcoíris son llaves que abren atajos del tiempo; y Carmen, madre y militante, que llega por un túnel huyendo de una redada. Ambos le hablan de la Ciudad-Estado a la que el régimen llama Nación Enemiga: un territorio verde y libre, vuelto invisible por sus propios científicos, del que a veces se cuela una corriente de aire fresco a modo de saludo.
Con una máscara fabricada de papel y carne seca, Violeta empieza a moverse por las calles y hace lo que más teme: visitar su casa, la de su novio Andrés, los lugares donde fue alguien. Encuentra descendientes que la nombran como una figura del pasado, una mujer brillante que desapareció sin dejar rastro, y descubre que su apellido se pronuncia con respeto entre quienes resisten. Entonces el dilema deja de ser cómo volver y pasa a ser si conviene volver: regresar significaría casarse con Andrés y borrar del mundo a los jóvenes valientes que acaba de conocer.
Amezcua Ornelas escribe en primera persona y en un registro cargado de imágenes —el sol que zarandea las ramas del tiempo, un techo caído que yace como un alarido—, alternando el relato de supervivencia con largas conversaciones donde los personajes reconstruyen cómo se llegó hasta ahí: podas que se volvieron talas, parques convertidos en fraccionamientos, lagos envenenados y desecados, y una mayoría que consintió por interés o por miedo. El resultado es una distopía ecológica de trazo directo y voluntad admonitoria, atravesada por temas de memoria, duelo por el propio pasado, maternidad, y la idea de que unas plantas escondidas pueden ser, más que alimento, un símbolo de todo lo que un poder quiso extinguir.
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