Cuando la Sección Europea de la CIA da por perdido a uno de sus agentes en territorio soviético, su hermano menor se niega a aceptar el expediente cerrado.
Descargar
Cuando la Sección Europea de la CIA da por perdido a uno de sus agentes en territorio soviético, su hermano menor se niega a aceptar el expediente cerrado. Sin cobertura oficial, sin fondos del Departamento y con un permiso de treinta días como única autorización, Lewis Yancey cruza a la zona oriental de Berlín con un cepillo de dientes por equipaje, quinientos dólares que le ha dado su madre y un sello seco capaz de dar apariencia legítima a cualquier documento soviético. Lo que empieza como una búsqueda personal avanza hacia el corazón de un país donde cada frontera se paga con una identidad robada.
El coronel Chanley, jefe de la Sección Europea del servicio, convoca a Lewis Yancey para darle una noticia que no admite matices: de Thomas Yancey, enviado a la Unión Soviética tras información sobre las instalaciones de Atomgrado, no se sabe nada. La conclusión que ambos comparten sin decirla del todo es que a los americanos que desaparecen allí no suelen deportarlos. Lewis reclama el derecho a ocupar el puesto de su hermano; su jefe se lo niega con un argumento incómodamente razonable —iría a vengar, no a cumplir— y le concede en cambio lo único que puede darle: un mes de vacaciones, un apretón de manos y un pequeño sello metálico. Es todo el apoyo que va a recibir.
Desde ahí la novela se convierte en un trayecto hacia el este que se mide en documentos falsificados. Berlín aparece visto desde el aire como una ruina agujereada; en la línea que separa las dos ciudades, Yancey destruye su propio pasaporte y guarda la fotografía, porque a partir de esa noche todo lo que necesite lo llevará encima algún muerto. Un encuentro fortuito con un grupo clandestino alemán, que lo salva de una patrulla y a la vez lo obliga a presenciar un ajuste de cuentas, le entrega la primera de esas identidades prestadas. Después vendrán un avión a Moscú, un pasaporte sustraído a un pasajero dormido en la butaca contigua, un taxista y un río helado.
Moscú le ofrece a la vez su arquitectura —el Kremlin, las cúpulas, las colinas desde las que se abarca la ciudad— y el contraste inmediato con los barrios obreros, una pensión de mala muerte y un posadero locuaz al que el protagonista utiliza como guía por el precio de una noche de cerveza. La excursión termina en un tiroteo en un café elegante y en una carrera hasta la embajada norteamericana, donde el embajador, vigilado y sin margen de maniobra, le advierte que no puede protegerlo y le da lo único que sirve: una pista. Las últimas noticias de Thomas lo situaban en Tavda, una aldea de los Urales cerca de unas minas que le interesaban demasiado.
La tercera parte cambia de registro: el thriller urbano se convierte en travesía invernal. Trineo, rifle, manadas de lobos, catorce días de aldeas miserables y una credencial inventada del servicio secreto soviético que abre almacenes y silencia preguntas. En Tavda, Yancey se presenta como un obrero más que busca trabajo en las minas, y el lector entiende que la investigación real apenas empieza.
Escrita con frases cortas, capítulos breves y una economía de medios característica de la novela popular de quiosco, la obra pertenece de lleno a la ficción de espionaje de la primera Guerra Fría: la URSS como territorio hostil y monolítico, el agente solitario, la policía política omnipresente. Su interés no está en la sutileza geopolítica sino en el ritmo y en una tensión moral que el propio protagonista formula en voz alta y no llega a resolver: si lo que lo empuja es el deber hacia su país o la venganza por su hermano. La respuesta va quedando escrita en el reguero de cadáveres que necesita para seguir avanzando, y el relato no la suaviza.