Un escritor célebre en la vieja capital del oeste, Xijing, avanza entre encuentros amorosos cada vez más vacíos mientras la ciudad se reinventa a golpe de obra pública, contratos y rumores.
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Un escritor célebre en la vieja capital del oeste, Xijing, avanza entre encuentros amorosos cada vez más vacíos mientras la ciudad se reinventa a golpe de obra pública, contratos y rumores. Jia Pingwa arma con eso un fresco urbano donde conviven prodigios inexplicables, funcionarios ambiciosos, monjes, adivinos y un mendigo que canta coplas satíricas sobre quién manda y quién paga. Novela mayor de la China de los noventa, mordaz y sensual, sobre una sociedad que cambia más rápido de lo que sabe entenderse.
En los años ochenta, algo raro ocurre en Xijing, la antigua capital del oeste: dos amigos inseparables regresan de la tumba de una beldad de la dinastía Tang con tierra prodigiosa, plantan en ella una flor que nadie sabe nombrar y la pierden por descuido; poco después, cuatro soles blancos se cuelgan del cielo durante media hora y la ciudad entera se descubre pisando sus propias sombras. Esos presagios abren una novela que no es fantástica sino social: lo maravilloso funciona aquí como comentario, no como evasión.
El centro es Zhuang Zhidie, escritor consagrado cuya reputación pesa más que su obra. Sus enredos amorosos —cada vez más desengañados— y los litigios que lo persiguen componen el itinerario de un antihéroe que se mueve con soltura entre redacciones, banquetes, favores y camas, y que descubre que su prestigio es a la vez salvoconducto y trampa. Alrededor gravita un elenco memorable: un alcalde recién llegado que quiere dejar huella restaurando murallas, limpiando el río y abriendo calles de artesanía y comercio; su consejero, hábil en llamar a la policía cuando la sátira incomoda; el erudito Meng Yunfang, entusiasta sucesivo de tés medicinales, sangre de gallina y ejercicios de qigong; los maestros del templo de Yunhuang; los adivinos apostados junto a sus muros; y un anciano trapero, antiguo profesor arruinado por una denuncia falsa, cuyas baladas enumeran con puntería a funcionarios, especuladores, intermediarios, rentistas y propagandistas.
Jia Pingwa cruza alegoría política y parodia costumbrista con una prosa de imaginería densa y descripciones deslumbrantes. La memoria de una China rural y premoderna asoma como nostalgia, pero los hechos desmienten cualquier idealización: lo que avanza es el dinero, la especulación inmobiliaria, el turismo cultural y la sospecha mutua entre vecinos y forasteros. El deseo, tratado sin eufemismos, aparece menos como celebración que como síntoma de un vacío compartido.
Publicada en 1993 y prohibida durante diecisiete años por su franqueza sexual, la novela fue comparada de inmediato con los grandes clásicos chinos por su ambición de retrato total. Sus elisiones deliberadas —huecos que el lector completa— forman parte del propio texto. Queda un retrato exacto y corrosivo de un país en plena mudanza, y una ciudad milenaria que no termina de decidir qué quiere ser.