Charles Bauman enseñaba en la universidad hasta que, conduciendo borracho, mató a una chica. La condena lo deposita en un penal de máxima seguridad donde el saber no vale nada y la moneda son los cigarrillos, los favores y el silencio.
Descargar
Plan gratis: 1 libro al día. Hazte VIP para libros ilimitados.
Charles Bauman enseñaba en la universidad hasta que, conduciendo borracho, mató a una chica. La condena lo deposita en un penal de máxima seguridad donde el saber no vale nada y la moneda son los cigarrillos, los favores y el silencio. Cuando aparece asesinado un preso al que ayudaba a escribir cartas, Bauman descubre que la curiosidad también se paga. Mitchell Smith convierte esa rutina cerrada en un retrato exacto del miedo cotidiano.
Hay un sueño al principio: un río de montaña, el viento metiéndose bajo el abrigo, un hijo que sube despacio por la ladera con el anorak rojo. Charles Bauman despierta de él en la oscuridad de un bloque de celdas, con un grito lejano que se apaga de golpe. Entre esas dos imágenes —la libertad recordada y el encierro real— transcurre entera «Ciudad de piedra».
Bauman era profesor universitario. Una noche, al volante y bebido, mató a una chica; ahora cumple condena en un presidio de máxima seguridad donde el tiempo se mide en tandas de comedor, huevos en polvo, recuentos y ciento veinte puertas que se cierran a la vez. Ha aprendido ya las reglas menores: hacer el catre impecable por si algún informe lo premia, esconder el reloj bajo la pata de la litera, no decir en voz alta lo que piensa de un asesinato. Comparte celda con Scooter, un ladrón de coches joven y locuaz que aspira a ser admitido por el club de los motociclistas; alrededor circulan los condenados a perpetua, los guardianes más o menos tolerantes y las alianzas que deciden quién sigue vivo.
La muerte de Spencer —un preso menudo y tímido al que Bauman ayudaba a escribir cartas a su mujer por quince dólares— rompe esa rutina. Nadie quiere hablar del tema en la mesa; todos entienden que fue un trabajo encargado y que esas cosas se comentan después, en los paseos y en voz baja. La incomodidad de Bauman ante ese pacto de silencio es el motor de la novela: un hombre educado para preguntar, metido en un lugar donde preguntar es la manera más rápida de morir.
Smith trabaja con una precisión casi documental. El olor del bloque, la geografía de patios, verjas y detectores, la economía de los cigarrillos, las revistas pegadas a la pared de acero pintada de blanco. Y contra ese detalle levanta la vida interior del protagonista: el padre que solo acierta a llorar por teléfono, Beth y el matrimonio deshecho, Susanne, el hijo que se vuelve cortés y distante, el desayuno abundante que se imagina después de comer el del Estado. La memoria y el deseo no consuelan en este libro; en la ciudad de piedra, esperar algo resulta la emoción más peligrosa que hay.