Un pistolero llega a un pueblo de Texas dispuesto a renunciar a una herencia de doscientos mil dólares antes que casarse con la mujer fea que le impone el testamento.
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Un pistolero llega a un pueblo de Texas dispuesto a renunciar a una herencia de doscientos mil dólares antes que casarse con la mujer fea que le impone el testamento. Basta un vistazo a la muchacha para entender que le han mentido, y que el engaño tiene autor, apellido y látigo.
Frank Heywood cruza medio territorio bajo un sol que vacía las calles con una sola intención: mirar a los ojos a la mujer que un testamento absurdo le adjudicó como esposa y decirle que se quede con el dinero. El difunto Alec Burker, viejo amigo de su padre al que apenas trató dos veces, dejó dispuesto que la fortuna —doscientos mil dólares y cinco parcelas— sería suya únicamente si se casaba con Anne Taxter antes de un plazo que ya está por vencer. A Frank, que se define por el whisky, el jaleo y la libertad de no echar raíces, la cláusula le resulta ofensiva más que tentadora, sobre todo porque le han asegurado que la heredera es bizca, histérica y amargada.
En Couston Town descubre que esa descripción era una pieza de ingeniería. Quien se la sirvió fue Lawrence Drayton, hijo de familia acomodada, aficionado a un látigo de piel que solo desenrolla ante quienes no pueden responder, y prometido de Anne desde hace medio año. La verdad se le revela en dos golpes: primero, una joven deslumbrante que se cruza con él en el jardín de los Drayton; después, las risas de un saloon donde todos saben lo que él ignoraba. El testamento no era una condena, era una oportunidad que alguien se encargó de disfrazar de castigo.
La novela avanza entonces sobre dos tableros que se rozan. En uno, la cuestión legal —mientras el plazo siga abierto, Frank puede pedir la mano de Anne y ella puede rechazarla, y de esa elección depende adónde va el dinero— se convierte en un duelo verbal entre dos personas que se atraen y se niegan a admitirlo, ella furiosa por sentirse tasada, él incapaz de cortejarla sin parecer un cazador de dotes. En el otro, la ciudad enseña sus jerarquías: los Drayton compran obediencia, un pistolero a sueldo llamado Derick humilla impunemente a un vaquero con la mano paralítica y a la hermana de este, a quien el pueblo condena por una violencia que sufrió y no eligió. Frank, que desprecia por igual a los caballeros de salón y a los asesinos profesionales, se coloca del lado de los que no pueden desenfundar, y el gesto tiene precio.
Detrás del enredo late una pregunta que nadie sabe contestar. ¿Por qué un hombre modesto y terco, arruinado en un negocio junto al padre de Frank, dejó una fortuna atada a esa condición precisa? ¿Qué unía a Burker con la niña que apareció un día en el pueblo y quedó bajo el techo de los Drayton sin explicación convincente? ¿Y por qué el heredero de una casa rica se empeña en casarse con una ahijada sin apellido? El relato dosifica esas incógnitas mientras la ciudad se llena de vaqueros en fiesta y llegan a Couston Town viejos conocidos de Dallas, hasta que la elegancia empieza a resultar más peligrosa que la brutalidad, y queda claro que la semana que falta para la boda no alcanzará para que nadie se marche entero.
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