A los cuarenta y siete años, Teresa Conticelli sale de la consulta médica con una noticia que no esperaba y que, en cuestión de horas, reordena todas sus prioridades: va a ser madre.
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A los cuarenta y siete años, Teresa Conticelli sale de la consulta médica con una noticia que no esperaba y que, en cuestión de horas, reordena todas sus prioridades: va a ser madre. El impulso de asimilarla la lleva de vuelta al campo, a la casa de contraventanas azules donde creció y que vendió una década atrás. En paralelo, Davide Dozzi, a punto de cumplir cincuenta y recién despedido tras veinte años en la misma empresa, sale sin rumbo en moto por esas mismas colinas cargando un duelo que nunca contó a nadie. Una novela sobre segundas oportunidades, raíces y la clase de encuentros que solo ocurren cuando dos vidas se detienen al mismo tiempo.
Raffaella Vittori construye en «Una cita en el viejo molino» una historia de madurez emocional a partir de un gesto mínimo: una mujer que se sienta en un banco junto al río para entender lo que acaba de oír. Teresa Conticelli tiene cuarenta y siete años, una librería en las afueras llamada «Las fábulas de Agata» —en homenaje a su madre, lectora incansable— y una vida ordenada que ella misma se ha levantado después de que la crisis se llevara su agencia inmobiliaria y su piso en el centro. El diagnóstico de un embarazo no buscado la atraviesa primero como pánico y luego, sin transición clara, como una alegría que no sabía que le quedaba disponible.
Esa tarde de otoño funciona como puerta de entrada a la memoria. Teresa recuerda a Amilcare, el padre campesino que la crio solo desde que ella tenía doce años, y a Agata, la madre que le leía «La pequeña cerillera» sabiendo que no la vería crecer. Recuerda también la decisión que aún no ha terminado de perdonarse: vender la casa familiar para financiar su salto a la ciudad. Con esa doble carga —la noticia y el pasado— reserva unas noches en una posada del pueblo y conduce setenta kilómetros hasta el lugar donde empezó todo, sin saber qué ni a quién va a encontrar allí.
La novela alterna esa línea con la de Davide Dozzi, contable durante dos décadas en una concesionaria que cierra por la crisis. A las puertas de los cincuenta, con un piso frío en la ciudad y una moto como único plan, Davide hace balance en voz alta ante su amigo Claudio y descubre que el inventario es más pobre de lo que imaginaba. Su historia arrastra además una herida antigua y silenciada: la del hijo que llegó a ver en una ecografía y que perdió del modo más brutal, un episodio que nunca compartió con nadie y que reaparece cada vez que se mira de frente. Un cartel de madera podrido al borde de la carretera —«Granja, verdura fresca»— es la señal que le hace desviarse.
Vittori escribe con un registro cálido y sin artificio, atento a los objetos domésticos que sostienen una vida: unas contraventanas repintadas de azul, un aparador heredado, las hojas de un otoño que la protagonista ha amado siempre. Los capítulos retroceden a la Italia rural de los setenta y a una Nochebuena familiar que se rompe en mitad de la cena, y el contraste entre aquellas escenas y el presente da a la novela su verdadero tema: qué se hereda, qué se abandona por necesidad y qué puede recuperarse cuando ya parecía tarde.
Dirigida a quienes disfrutan del romance contemporáneo con protagonistas adultos y de las historias donde el amor no cancela el pasado sino que aprende a convivir con él, «Una cita en el viejo molino» propone un reencuentro doble: el de dos personas que llegan al mismo camino desde soledades distintas, y el de una mujer con la casa que creyó haber dejado atrás para siempre.
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