En un 1995 imaginado desde la ciencia ficción clásica, con helicares surcando avenidas mojadas y una Tercera Guerra Mundial apenas terminada, Dolph Hazard es un empleado sin fortuna comprometido con la heredera más rica del país.
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En un 1995 imaginado desde la ciencia ficción clásica, con helicares surcando avenidas mojadas y una Tercera Guerra Mundial apenas terminada, Dolph Hazard es un empleado sin fortuna comprometido con la heredera más rica del país. Una avería fortuita y una tarde de lluvia lo empujan a un teatrillo de variedades de barrio, donde un vidente de escenario lo señala entre el público y le anuncia algo imposible: tiene una cita, dentro de quinientos años, con una mujer llamada Sankya. Nadie más ve la figura que aparece sobre las tablas. Solo él.
La obra abre con una escena doméstica y desapacible: dos novios refugiados bajo una marquesina mientras la lluvia deshace los planes del domingo. El decorado es futurista —turbomóviles, aerosemáforos, televisores murales tridimensionales, una colonización reciente de Venus— pero el conflicto es antiguo y muy humano. Dolph Hazard procede de la pobreza absoluta: perdió a su madre por inanición, a su padre en el frente y a un hermano que nunca llegó a nacer. Erika Thuban, en cambio, es hija de uno de los magnates del acero y los armamentos que multiplicaron su fortuna con la guerra. Entre ambos no hay un noviazgo, sino una jerarquía, y el relato la expone sin adornos: quien tiene el dinero impone la voluntad, y quien ha conocido el hambre aprende a callar.
Ese equilibrio se rompe por accidente. Un fallo en el helicar obliga a la pareja a detenerse en un distrito suburbano y a entrar, a regañadientes, en el teatro «Fantasy». Allí actúa «Karwy, el Supremo», un preconizador de aire histriónico y facha satánica que dice cruzar las fronteras del espacio y del tiempo. Lo que empieza como charlatanería barata se vuelve inquietante cuando el vidente nombra a Dolph, describe con exactitud su situación —el empleo, la dependencia, la rebeldía sofocada— y afirma haber sabido de antemano en qué butaca se sentaría. No viene a adivinar: viene a entregar un mensaje.
El mensaje es una cita a quinientos años vista con una mujer que aún no ha nacido. Cuando «Karwy» extiende el brazo hacia el escenario, el público protesta ante el vacío y grita fraude; solo Dolph ve a Sankya, una figura de cabello ceniza y ojos dorados envuelta en algo que no es tela ni luz, ingrávida y perfecta, imposible en el mundo de 1995. La visión dura lo que dura el trance del vidente y se quiebra con la salida airada de Erika. Fuera, ha dejado de llover, y Dolph queda solo bajo los luminosos, humillado y sin saber si ha presenciado un prodigio o una estafa especialmente cruel.
La consecuencia inmediata no es sobrenatural, sino social. Wilfred Thuban convoca a Dolph a un despacho colosal para exigirle cuentas por haber avergonzado a su hija, y le expone con brutal franqueza el trato que rige su vida: tolerar los caprichos de Erika o volver al paro, al hambre y a un mundo de posguerra donde los que más sufrieron siguen sufriendo y los especuladores mandan. Dolph acepta, y el precio de aceptar es despreciarse a sí mismo.
De ese doble filo vive el relato. Por un lado, una intriga fantástica de premonición y viaje temporal que promete abrirse hacia un futuro remoto; por otro, un retrato áspero de servidumbre económica, orgullo de clase y dignidad negociada. La rutina de Dolph —trabajo, televisófono, cena, pantalla, lecho de espuma flotante— dibuja una vida sin salida, y por eso la idea absurda de Sankya vuelve a él como lo que en realidad es: no una profecía, sino una evasión. El lector queda instalado en esa tensión, esperando la segunda llamada.
Escrito en la tradición del relato popular de ciencia ficción de mediados del siglo XX, el texto combina imaginería tecnológica de tono retrofuturista, diálogo cargado de conflicto y una crítica directa a quienes prosperan con la guerra ajena. Su interés no está solo en el enigma temporal, sino en la pregunta que lo sostiene: cuánto vale la dignidad de un hombre que ya sabe lo que cuesta perderla.
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