Un ensayo personal y desacomplejado sobre E. M. Cioran que convierte la lectura del pensador rumano en el punto de partida para reivindicar la lucidez, el pesimismo y el derecho a ser infeliz.
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Un ensayo personal y desacomplejado sobre E. M. Cioran que convierte la lectura del pensador rumano en el punto de partida para reivindicar la lucidez, el pesimismo y el derecho a ser infeliz.
El libro arranca con una confesión: a los veinticinco años, licenciado en Filosofía y convencido de que jamás escribiría nada que valiera la pena, el autor se topa por casualidad con los libros de un tal Emil Cioran y descubre, con una mezcla de alivio y de espanto, que alguien había puesto por escrito —con estilo, ingenio e incluso humor— exactamente lo que él pensaba de la existencia. De ese encuentro nace esta obra, que no es una biografía ni un estudio académico, sino algo más íntimo y más arriesgado: un pensar a la sombra de otro. Cioran actúa aquí como figura tutelar, da el pie y marca el tono, y el autor recorre a partir de ahí los temas que más obsesionaron al rumano: la lucidez, la acción, la infancia, la desesperación, la muerte.
El eje del recorrido es la lucidez entendida como un despertar involuntario. La mayoría de la gente, sostiene el libro, vive dormida: no en sentido fisiológico, sino porque nunca ha levantado la vista del árbol al que se ha encadenado —el trabajo, la pareja, los hijos— para ver el bosque. Despertar es advertir que la vida no está a la altura de lo que promete, y esa comprensión funciona como el niño que se asoma detrás del teatrillo de guiñol y ve a dos hombres barbudos moviendo los títeres, o como el espectador que descubre los cables del actor que vuela. Después de eso se puede seguir viendo la función, pero nunca de la misma manera. La lucidez, se advierte, no se elige: es ella la que elige, llega sin avisar y llega para quedarse.
El insomnio de Cioran ocupa un lugar central en esa genealogía. Sin sueño no hay discontinuidad, y sin discontinuidad no hay olvido; el insomne acumula agravios contra la existencia en lugar de disolverlos cada noche, y esa vigilia biológica termina abriendo los ojos de la inteligencia. De ahí que el libro insista en el precio del conocimiento: saber complica la vida, la lucidez no hace mejores ni más felices, es un lastre antes que una ventaja, y quienes han comprendido suelen figurar entre los que han fracasado. Aun así, el autor se pone de su lado, porque es lo único que nos distingue de los animales y porque prefiere el hereje al feligrés de la parroquia de la vida.
Una parte especialmente reveladora inventaría, con humor y sentido práctico, lo que cabe y lo que no cabe esperar de una persona lúcida. Puede disfrutar de una cena entre amigos —aunque dinamite la conversación a golpe de ironía—, dejarse absorber por un cuadro o una sinfonía, o irritarse porque el banco le ha cobrado una comisión, porque todas sus acciones son de corto plazo y viven en la inmediatez. Lo que no cabe esperar es que planee el mañana, que se afilie a un partido, que se integre en un grupo o que se proponga salvar a la humanidad: el futuro, para quien lo mira de frente, es siempre trágico, y toda toma de posición le parece un desprecio de la verdad. De ahí la conclusión pascaliana y baudelairiana que atraviesa el texto: el lúcido, si quiere seguir en pie, necesita entontecerse o embriagarse —de vino, de arte, de literatura, incluso de su propia desesperación—.
Declaradamente concebido como contrapunto a las mesas de novedades repletas de autoayuda y optimismo, el libro persigue un doble objetivo: dar a conocer a un autor que sigue siendo, escandalosamente, un desconocido, y romper una lanza a favor de la tristeza. Escrito en un registro coloquial, salpicado de citas de Bernhard, Savater, Pessoa, Montaigne o Gómez de la Serna y de referencias que van del cine de Aristarain a los adagios bíblicos, cierra su prólogo con un consuelo característico: si la vida y la muerte siguen atormentando al lector, que se tranquilice pensando que la culpa no es suya, sino del mundo.
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