Cintas Rojas es un jornalero andaluz marcado por la pasión desenfrenada: la obsesión por el torero Guerrita lo consume y lo lleva a recorrer el campo pidiendo dinero para asistir a la feria de Córdoba. Con cada rechazo, su fiereza aumenta.
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Cintas Rojas es un jornalero andaluz marcado por la pasión desenfrenada: la obsesión por el torero Guerrita lo consume y lo lleva a recorrer el campo pidiendo dinero para asistir a la feria de Córdoba. Con cada rechazo, su fiereza aumenta. Tras ser rebatido por su compadre Rafael Luque, la frustración acumulada estalla en un acto de violencia brutal que marca su inevitable caída.
En los campos de Andalucía, bajo el sol que tiñe las tierras de púrpura matinal, vive Rafael Luarca, conocido por todos como Cintas Rojas: un jornalero hercúleo, de carácter bravío y palabra cerril, cuya vida gira obsesivamente en torno a una única pasión: el toreo del legendario Guerrita. Desde que presenció su primera corrida hace seis años, el cordobés se ha convertido en su ídolo indiscutible, y cada feria es una peregrinación sagrada a la que Cintas consagra todos sus ahorros, privándose incluso de los placeres más elementales durante todo el año.
Pero la feria de este año lo encuentra con las manos vacías. Necesita diez duros con urgencia, una suma que determina el rumbo de esta jornada fatídica. Primero acude a su tío, quien le ofrece apenas dos reales, que Cintas rechaza con desdeño. Luego se dirige al caserón del marqués de los Merinales, esperando una ayuda que le permita seguir viendo a su héroe. Allí, la frialdad y el desprecio del señor lo encienden en furia: insulta, desafía, se burla incluso de la pistola que le apunta, convencido de que la cobardía del marqués lo salvará.
Tras múltiples rechazos y humillaciones, Cintas acude finalmente a su compadre Rafael Luque, el cortijero, un hombretón fuerte y de pocas palabras que trabajaba reparando un carro. La conversación comienza con burlas y termina con ruegos desesperados. Luque, agobiado por sus propias deudas, se niega una y otra vez. Pero Cintas, embriagado por la frustración y la injusticia de su destino, no cede. Con cada negativa, su rabia se concentra como un huracán contenido.
Entonces, en el corral del Cortijuelo, la paciencia se quiebra. Cintas saca la faca, desenvaina el cuchillo con rapidez mortal, e hunde el arma en la garganta de su compadre. La negra larva de la muerte, germinada durante toda la jornada de rechazo y humillación, se manifiesta en acción irrevocable. El juego de supervivencia económica termina en tragedia sangrienta.