Un anciano abre la casa deshabitada que acaba de legar a tres jóvenes y, habitación por habitación, los conduce hasta la única estancia que faltaba por ver: aquella donde cinco hermanas hicieron su vida en torno a un costurero de cinco…
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Un anciano abre la casa deshabitada que acaba de legar a tres jóvenes y, habitación por habitación, los conduce hasta la única estancia que faltaba por ver: aquella donde cinco hermanas hicieron su vida en torno a un costurero de cinco lados. Lo que empieza como la entrega de una herencia se convierte en un relato de memoria: el viejo Diego quiere que los nuevos dueños no solo reciban los muebles y los muros, sino el espíritu que aún parece habitarlos. Entre el presente de las visitas y el pasado de aquella juventud, la novela reconstruye a María, Rosario, Laura, Gabriela e Isabel, y el mundo cerrado, luminoso y frágil que compartieron bajo la autoridad distraída de su padre.
Todo comienza con una llave que gira y una ventana que se abre. En una casa cerrada durante años, un hombre mayor guía a tres visitantes —Juan y las jóvenes Elvira y Julia— por las habitaciones vacías hasta detenerse en la última: un salón con mirador, cortinajes de seda y, en un rincón, cinco butaquitas rechonchas alrededor de una mesita de costura de cinco lados. La casa huele a humedad y a tiempo, pero conserva la ilusión de estar habitada, como si alguien fuera a entrar de un momento a otro. El anciano explica entonces por qué esa propiedad, cuya existencia los jóvenes desconocían semanas atrás, ha pasado a ser suya: quiere entregarla solo cuando ellos hayan aprendido a querer a quienes la llenaron de vida.
Desde ahí, el relato retrocede. El narrador, Diego, recuerda su llegada a la ciudad siendo un muchacho tímido, recomendado por su madre al viejo amigo de su padre. Nada le había anunciado que en aquella casa vivían cinco hermanas. Las descubre de golpe, cosiendo y haciendo encaje alrededor del costurero, en un grupo de vestidos azules, blancos y rosados que su memoria conserva como una sola imagen inseparable. La primera visita se prolonga en muchas otras: privilegiado por ser hijo del amigo, Diego se convierte en el único joven admitido en un hogar que el padre guarda celosamente, y pronto en el hermano que las cinco nunca tuvieron.
La novela se construye con esos materiales menudos y precisos. El costurero de cinco lados, encargado por una madre muerta demasiado pronto con el deseo de ver a sus hijas unidas y hacendosas, ordena la vida doméstica: un cajón para cada una, un acerico y alfileres de un color distinto que las identifican. Alrededor giran las canciones de Rosario, los romances de amor y muerte que Gabriela recita sin levantar los ojos de la labor, los cuentos de Laura, la obstinación de Isabel, que elige siempre la dificultad, y la serenidad de María, la mayor. También los retratos que Diego intenta y nunca termina, incapaz de fijar en el papel lo único que le importa: el movimiento, el temblor de un rizo, el ritmo de las manos.
Frente a ellas, el padre: un hombre cordial y expansivo con las visitas, contradictorio consigo mismo sin conflicto aparente, que llama tesoro a su pajarera de cien pájaros de colores y trata a sus hijas como un mueble más del orden de la casa. La tensión del libro no nace de grandes acontecimientos, sino de esa indiferencia y de las prohibiciones que la acompañan —«si papá me deja»—, y de los momentos en que el hombre parece entrever, casi sin querer, el poder y la gracia de las mujeres que ha engendrado.
El presente vuelve a intervenir con regularidad: las preguntas de Elvira, el silencio de Julia cosiendo con los ojos bajos, la mirada de Juan que busca a Elvira sin encontrarla. Y las señales que el propio narrador deja caer —dos cajones más gastados que los otros, una vez en que Isabel no supo levantarse de su fracaso, lágrimas que habrán de pagar un error ajeno— anuncian que el idilio tiene un reverso todavía por contar. Escrita con una prosa atenta al detalle sensorial y a la luz, la obra es a la vez el retrato de cinco vidas jóvenes y una meditación sobre la memoria: lo que un hombre puede salvar del olvido y lo que solo puede transmitirse pidiendo que otros aprendan a amarlo.