Un genetista lee la Biblia con las herramientas del laboratorio. J. S. Jones recorre los grandes temas del Antiguo y el Nuevo Testamento —la creación, el paraíso perdido, la longevidad de los patriarcas, el diluvio, el éxodo, la pureza…
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Un genetista lee la Biblia con las herramientas del laboratorio. J. S. Jones recorre los grandes temas del Antiguo y el Nuevo Testamento —la creación, el paraíso perdido, la longevidad de los patriarcas, el diluvio, el éxodo, la pureza ritual, las visiones proféticas— y los contrasta con lo que hoy sabemos sobre el cosmos, el ADN, el envejecimiento, las epidemias y el cerebro. No es un panfleto ni una apologética: es una relectura curiosa, irónica y documentada del libro más influyente de Occidente.
Todo empieza con una estatua: un chimpancé de bronce en la escalera de un departamento de Zoología, sentado sobre una pila de libros y contemplando un cráneo humano. En uno de los volúmenes puede leerse la frase con que la serpiente tentó a Eva —seréis como dioses, conocedores del bien y del mal—. De esa promesa incumplida arranca este ensayo, que sostiene una idea sencilla y provocadora: la ciencia moderna es descendiente directa de las preguntas que ya formulaban los textos sagrados, y ha cumplido bastante mejor lo prometido.
El autor, genetista de oficio, propone recorrer las escrituras capítulo a capítulo con el instrumental de la biología, la física y la medicina contemporáneas. El Génesis se convierte en un galope desde el big bang hasta el ser humano actual; el pecado original, en una reflexión sobre la imperfección heredada que hoy puede leerse en el genoma antes incluso del nacimiento; la expulsión del Edén, en la factura que el sexo cobra en forma de vejez y muerte. Siguen el diluvio y su inquietante eco en la crisis climática, la dispersión de los pueblos rastreada en el ADN, las primeras ciudades y sus primeras epidemias, las reglas de pureza del Levítico y los prejuicios alimentarios como afirmación de identidad, y las visiones de los profetas explicadas por lo que sabemos de un cerebro capaz de engañar a su dueño. El Nuevo Testamento abre otro registro —el altruismo, la integración, la promesa de vida eterna— y da pie a un examen de los intentos actuales de construir una ciencia de la fe.
El tono evita tanto el sermón como la cruzada. Hay lugar para Newton escribiendo más sobre el Apocalipsis que sobre física, para las biblias expurgadas de Webster y Jefferson, para la belleza literaria de la versión del rey Jacobo y para las estadísticas incómodas sobre creencia y evolución. Las ilustraciones de William Blake acompañan cada capítulo como recordatorio de que el símbolo sagrado conmueve incluso a quien no comparte la fe. Un libro de hechos, no de teología, escrito con humor seco y una convicción declarada: que la duda ha hecho más por el mundo que la certeza.
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