Compendio de cien artículos —más uno final que rompe la regla— en los que un policía local, criminólogo y periodista murciano reúne su mirada sobre el trabajo de calle, la investigación de siniestros viales, la ética informativa y las…
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Compendio de cien artículos —más uno final que rompe la regla— en los que un policía local, criminólogo y periodista murciano reúne su mirada sobre el trabajo de calle, la investigación de siniestros viales, la ética informativa y las grietas del sistema, salpicado de relatos y poemas.
Un agente entra de servicio a las diez de la noche el día de su aniversario de bodas, sabe que no cenará con su mujer y repite, casi como un mantra, que no se queja: ya sabía dónde se metía. Con esa clase de escena arranca un libro que no es novela ni tratado, sino un centenar de piezas breves escritas desde dentro de un oficio que casi siempre se cuenta desde fuera.
El autor, Juan Antonio Carreras Espallardo (Murcia, 1973), reúne aquí las cuatro vidas profesionales que ha ido superponiendo: la del policía local destinado a la investigación de siniestros viales y delitos contra la seguridad vial, la del criminólogo, la del periodista y la del divulgador que participa en foros, aulas y tertulias. De esa suma nace un recorrido que salta del turno de noche a la teoría criminológica, de la lectura fina de un atestado al análisis de cómo los medios cubren un suceso.
Hay una tesis que atraviesa las páginas y que el propio autor formula sin rodeos: observar no es lo mismo que ver ni que mirar. En la investigación de un delito, en la denuncia de tráfico, en la inspección ocular de un accidente, el resultado depende de una cualidad que no todos poseen y que se afila con conocimiento y entrenamiento. A partir de ahí, el libro examina el trabajo policial con afecto pero sin complacencia: señala al mal jefe de servicio, al agente que denuncia solo para cumplir expediente, a la autoridad que obstaculiza el cumplimiento de la norma y a la sociedad que exige seguridad mientras desprecia a quien la presta. También se detiene en quienes suelen quedar fuera del relato —el vagabundo al que se llama para que lo retiren de un portal, la víctima de un siniestro, el familiar que busca en el uniforme una esperanza— y reclama para ellos un lenguaje que no añada dolor al dolor.
La seguridad vial ocupa una porción sustancial del conjunto: normas que cambian cada año, siniestralidad urbana que no baja al ritmo de la interurbana, colectivos vulnerables, planes municipales pendientes, la distancia entre la ley escrita y la ley cumplida. El bloque periodístico corre en paralelo con una advertencia sobre el periodismo de investigación como género en riesgo, la presunción de inocencia, la privacidad de las víctimas y la tentación del sensacionalismo.
Entre artículo y artículo asoman relatos y poemas —los «jinetes de la noche» que patrullan mientras la ciudad duerme—, fruto declarado de una vocación literaria que el autor nunca ejerció del todo, y un preámbulo autobiográfico contado en tercera persona: el chico que quiso ser futbolista, las oposiciones congeladas, el sueño conseguido con ayuda de los suyos. Cuatro prólogos de distinta procedencia —criminología, policía, periodismo y tráfico— enmarcan el conjunto y confirman su carácter coral.
El título guarda su propia trampa: tras cien verdades queda una mentira, reservada para el final, que el lector tendrá que identificar por sí mismo. Un libro para profesionales del uniforme, del aula, del juzgado y de la redacción, pero también para el ciudadano que quiera entender qué ocurre al otro lado de la sirena.
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