Novela de Ena Lucía Portela, distinguida con el Premio Jaén de Novela 2002, narrada por Zeta, una joven habanera que cuenta con humor desarmado y sin autocompasión su relación con Moisés, un exjuez casi treinta años mayor que la golpea…
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Novela de Ena Lucía Portela, distinguida con el Premio Jaén de Novela 2002, narrada por Zeta, una joven habanera que cuenta con humor desarmado y sin autocompasión su relación con Moisés, un exjuez casi treinta años mayor que la golpea mientras libra una guerra privada contra unos enemigos que nunca llegan a nombrarse. Alrededor de ese vínculo giran una vecindad ruidosa —la Esquina del Martillo Alegre—, un bar clandestino en los bajos y Linda Roth, escritora ambiciosa y amiga incómoda que exige a Zeta una rebeldía que Zeta no siente. El título viene de la canción infantil que la narradora tararea, botella a botella, como conjuro contra la catástrofe.
Zeta vive en los altos de un edificio habanero que todos conocen como la Esquina del Martillo Alegre: abajo hay un bar clandestino, alrededor un barrio de apagones, calor y curas veteranos, y dentro de su cuarto una ventana clausurada con cortinas negras porque a Moisés le hacen daño los rayos del sol. Moisés bordea los cincuenta, fue juez del Tribunal Supremo y profesor de Derecho, y ahora consagra su inteligencia a una certeza única: que “ellos” —una multitud sin rostro de embaucadores— intentan hacerle creer cosas. Esa convicción lo mantiene en un estado de furia permanente que desemboca en calabozos, expedientes, informes psiquiátricos y, sobre todo, en el cuerpo de Zeta.
La novela avanza como una confesión desviada. Zeta no denuncia ni pide compasión: describe. Cuenta las golpizas con la misma naturalidad con que cuenta el deseo que sentía por ese hombre, su olor, su voz, su barba blanca; enumera las teorías filosóficas con que Moisés la humillaba y admite, sin coartadas, que le gustaba acostarse con él. La voz —coloquial, veloz, saturada de cubanismos, chistes y digresiones— produce un efecto perturbador: cuanto más ligero suena el relato, más nítida se vuelve la violencia que describe. Zeta se sabe gorda, perezosa e ignorante según el catálogo de reproches ajenos, y ha decidido habitar ese diagnóstico en lugar de discutirlo.
Frente a ella está Linda Roth, su mejor amiga y su contrapeso: escritora profesional, viajera, feminista a ratos, convencida de su propio genio y capaz de una crueldad quirúrgica. Linda odia a Moisés sin haberlo visto nunca, planea castrarlo con detalle de comedia macabra y trata a Zeta como un caso clínico, una víctima literaria, un personaje de Patricia Highsmith. El pulso entre ambas —lealtad y desprecio, admiración y burla— es tan central como el del amante violento, y la novela no concede la razón entera a ninguna: ni la sumisión de Zeta ni el discurso salvador de Linda salen indemnes.
Un juego de espejos atraviesa el libro: la novela que Linda está escribiendo se llama también Cien botellas en una pared, es la historia de un doble homicidio y su autora todavía no sabe a quién matar. Sobre ese anuncio se apoya la tensión narrativa, mientras la canción infantil que da título al conjunto —las botellas que caen una a una hasta llegar a cero— funciona como reloj, superstición y cuenta atrás. Zeta narra desde un después: está sola, es invierno y algo pequeño ha decidido vivir en ella.
Portela construye así un retrato de La Habana de fin de siglo que no pasa por el color local ni por la denuncia frontal, sino por el ras de la vida doméstica: los apagones, la carne del vecindario, los tratos de esquina, la fatalidad asumida con ironía. Es una novela sobre la violencia íntima escrita sin moralina y sin catarsis, en la que el humor no atenúa el horror sino que lo vuelve imposible de mirar de lejos, y en la que una narradora aparentemente insignificante resulta ser la única con la lucidez suficiente para contar la historia.