Tres presos escapan por las cloacas de una penitenciaría con un único objetivo: encontrar al cómplice que los vendió a la policía y desapareció con medio millón de dólares.
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Tres presos escapan por las cloacas de una penitenciaría con un único objetivo: encontrar al cómplice que los vendió a la policía y desapareció con medio millón de dólares. A cientos de millas de allí, ese hombre vive bajo otro nombre como próspero empresario maderero, respetado por sus empleados y querido por la mujer a la que rescató de un burdel. La novela alterna la fuga con la reconstrucción del atraco que unió a los cuatro, y avanza hacia el encuentro inevitable entre una vida reinventada y un pasado que nunca aceptó cerrarse.
La historia arranca bajo tierra, en el tramo final de una cloaca donde la corriente empuja hacia abajo y el aire es irrespirable. Anthony Gliss, Ray Barton y Jim Krenna flotan sobre cámaras de neumático mientras colocan una carga de dinamita en la reja que los separa del río. Llevan tres años encerrados y disponen de menos de una hora antes del recuento; el margen de error es nulo y el reparto de riesgos, desigual: al más pesado y más asustado de los tres le toca la parte que puede matarlo. En esa oscuridad se dibuja ya el mapa emocional del grupo — Gliss impone su criterio con el revólver si hace falta, Barton obedece temblando, Krenna calla y acaricia la idea de matar algún día a quien lo humilla.
Los une algo más fuerte que la libertad: la certeza de que alguien los traicionó. Jerry Dillon huyó con el botín íntegro del asalto al Banco Ganadero de Austin y los dejó atados de pies y manos a la policía. La venganza no es un motivo secundario en esta fuga; es su única razón de ser.
A cientos de millas, en Sacramento, un hombre elegante cierra la oficina de una serrería, ofrece un cigarrillo a su vigilante nocturno y le sube el jornal sin que se lo pidan. Se hace llamar Kenorak. Es cortés, generoso, admirado por su olfato para los negocios, y comparte sus noches con Susan Méndez, una mujer madura y bella que administra su propia boutique y que cree estar con un hombre honrado. Nada de lo que ella sabe es del todo falso, pero casi todo está construido sobre un origen que él no puede confesar: no hubo crédito bancario, hubo un atraco. Ni siquiera la fundación benéfica en la que ha invertido exactamente medio millón de dólares logra saldar la cuenta que lleva dentro. A esa inquietud se suma otra, más doméstica y más difícil de conjurar: un hijo que dejó el ejército hace tres años y que, sospecha, ha elegido precisamente la profesión que él más detesta.
Un tercer movimiento retrocede en el tiempo hasta el local de madame Lessuer, en los suburbios de Houston, donde una empresaria sin escrúpulos convertía la información arrancada a sus clientes en planes de robo que después vendía al mejor postor. Allí se conocieron los cuatro hombres; allí Dillon rescató a Susan de un cliente violento y de un contrato tramposo; y allí se cerró el trato que lo cambiaría todo: un golpe de quinientos mil dólares a cambio de un anticipo. La novela muestra cómo Dillon entra en el negocio sin dejar de calcular, y cómo cada promesa que hace lleva incorporada su propia ruptura.
El atraco, cuando llega, es un mecanismo de relojería: un coche volcado y ardiendo en mitad de la carretera, un maniquí con peluca pelirroja haciendo de herido, dos accidentes provocados que aíslan el tramo y una furgoneta blindada atrapada en el kilómetro exacto. El conductor Quayle huele la trampa de inmediato; su compañero Hall insiste en socorrer al caído. Entre la desconfianza profesional y la decencia elemental se decide el destino de medio millón de dólares. Y en el reparto posterior, junto a un helicóptero monoplaza y unos sacos mal atados, asoma ya la grieta que romperá a la banda.
Relato criminal de ritmo rápido y diálogo seco, la obra combina la mecánica del golpe perfecto con un retrato sobrio de la culpa: cuatro hombres empujados por la necesidad, una mujer que negocia vidas ajenas, y un traidor que ha comprado respetabilidad a plazos y sabe que el último vencimiento viene subiendo por una cloaca.