Estambul, 1 de mayo de 1977. Un estudiante de dieciocho años se salta las clases del internado para asistir a su primera manifestación del Día del Trabajo, convencido de que asiste al comienzo de algo irreversible.
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Estambul, 1 de mayo de 1977. Un estudiante de dieciocho años se salta las clases del internado para asistir a su primera manifestación del Día del Trabajo, convencido de que asiste al comienzo de algo irreversible. Lo que encuentra en la plaza de Taksim no es la fiesta prometida, sino una trampa: disparos que caen desde los tejados, una multitud aterrada que se pisotea a sí misma y treinta y cuatro muertos en los titulares del día siguiente. Entre el caos aparece una joven armada que lo cubre, le consigue un par de zapatillas desparejadas y desaparece de un autobús sin decir su nombre. Cielo negro, mar negro, de Izzet Celasin, cuenta el final de la inocencia de una generación turca con la voz de un adolescente que descubre a la vez el miedo, la política y el deseo.
La novela se abre con un poema de Nazim Hikmet escrito desde la cárcel, un hombre que vuelve a ver el cielo por primera vez y se sienta en la tierra sin pensar en la lucha ni en la libertad. Es la nota de partida exacta para lo que viene después: un relato sobre lo que cuesta mirar hacia arriba en un país donde el suelo tiembla.
El narrador tiene dieciocho años y estudia en un internado centenario de Estambul, un recinto de muros altos, lemas orgullosos y disciplina heredada que lo ha protegido del país que hay fuera. La mañana del Primero de Mayo de 1977 abandona las aulas con un grupo de compañeros y se suma a la marcha que baja desde la plaza Saraçhane, bajo un acueducto bizantino que lleva siglos viendo pasar ejércitos y procesiones. La jornada empieza como una celebración —banderas, música, desconocidos que se hablan como si se conocieran— y se estanca enseguida en la discusión entre facciones prosoviéticas y maoístas, incapaces de decidir quién representa mejor a unos trabajadores que no las han elegido. El chico observa esas peleas con una mezcla de burla y desconcierto: los insultos políticos aún no le suenan a insulto.
Cuando la columna al fin entra en Taksim, la euforia dura apenas unos minutos. Los primeros disparos parecen un taladro; después son ráfagas desde una azotea, un vehículo policial abriéndose paso entre la gente, cuerpos amontonados en una cuesta. El narrador pierde los zapatos, tropieza con un muerto y sobrevive por instinto más que por valor. A su lado se agacha una joven de veinte años con una pistola en el bolso, serena donde él tiembla, que lo adopta sin explicaciones durante las horas siguientes y luego se baja de un autobús sin mirar atrás. Él nunca le preguntó cómo se llamaba.
De vuelta al internado, el chico ensaya una versión aseada de su día para los compañeros, y solo a Semra —su mejor amiga, su rival en todo— le cuenta la verdad, aunque tampoco resista la tentación de adornarla un poco. Ese gesto define el tono del libro: una memoria adulta que examina con ironía las mentiras piadosas de la juventud sin desmentir del todo su emoción. El verano lo devuelve a la vida corriente, a la lonja de frutas y verduras del Cuerno de Oro, donde lleva las cuentas de un mayorista analfabeto en política y generoso en confianza, y donde la ciudad se ofrece en miniatura: negocios, ruinas, tragedias menores.
Celasin escribe Estambul como un personaje más —acueductos romanos, el Bósforo al atardecer, mercados bizantinos todavía en uso— y usa el 1977 turco no como telón de fondo histórico sino como el punto en que una biografía se parte en dos. Es una novela de iniciación política y sentimental sobre la distancia entre las consignas y los cuerpos, sobre la desaparición de quienes nos salvan y sobre el modo en que una tarde de mayo puede fijar para siempre el rumbo de una vida.
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