Un biólogo veterano convierte medio siglo de docencia y de trabajo con los mohos del limo en una síntesis personal sobre la vida: el organismo no es el adulto, sino el ciclo vital completo.
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Un biólogo veterano convierte medio siglo de docencia y de trabajo con los mohos del limo en una síntesis personal sobre la vida: el organismo no es el adulto, sino el ciclo vital completo.
Escrito al cerrar más de cuarenta años de aulas universitarias, este libro nace de una intención sencilla que se le tuerce al autor por el camino: dar una última vez su asignatura de biología general, ahora en forma de páginas. Tras varios comienzos fallidos comprende que lo que quiere escribir no es un manual, sino el relato de su propia evolución intelectual y del lugar al que esa evolución lo condujo.
El hilo conductor es una criatura minúscula y poco vistosa: el moho del limo, un organismo microscópico del suelo al que el autor dedicó su carrera y que se comporta de un modo casi inverosímil. De cada espora sale una ameba solitaria que se alimenta y se divide; cuando el alimento se acaba, esas células independientes se reúnen en centros de agregación y forman una masa reptante de aspecto de babosa que se orienta hacia la luz y el calor como si fuera un solo animal. Después la babosa se detiene, se yergue y se transforma en un tallo delgado rematado por un glomérulo de esporas: las células delanteras mueren construyendo el pedúnculo mientras las rezagadas sobreviven convertidas en la generación siguiente. Cuatro días para un ciclo completo, observable en una placa de Petri bajo un microscopio de pocos aumentos.
Esa imagen es el punto de partida de una tesis más ambiciosa. Si un ser vivo puede pasar de célula suelta a cuerpo colectivo y de ahí a estructura reproductora, entonces describirlo por su forma adulta es quedarse con un fotograma de una película. El autor propone desmontar la biología y volver a armarla alrededor del ciclo vital: no evolucionan las mezclas de genes que caracterizan al adulto, sino la trayectoria entera del organismo, desde el huevo hasta la muerte. Ahí convergen, sostiene, las dos corrientes que definen el presente y el futuro de la disciplina: el estudio de cómo los genes gobiernan el desarrollo, y la comprensión darwiniana de la selección natural.
El argumento científico avanza entretejido con memoria personal. Hay una infancia europea, unos prismáticos heredados y unos patos de parque londinense; un padre que desvía con astucia la vocación ornitológica de su hijo regalándole una gran síntesis divulgativa; las lecturas juveniles de biografías de naturalistas —Linneo y su sistema, Pasteur, van Leeuwenhoek, y sobre todo Darwin, cuya autobiografía censurada por la familia el autor comenta con curiosidad—; el descubrimiento casual, hojeando una tesis ajena en la antesala de un despacho, del organismo que buscaba sin saberlo; el aliento de un viejo maestro que le confiesa que, de empezar de nuevo, trabajaría con mohos del limo.
El tono es deliberadamente conversado, con humor sobre las servidumbres del oficio: los experimentos que no salen, las frustraciones largas y las recompensas escasas pero magníficas, la caída desde la tarima que se convirtió en el momento culminante de una primera clase. El autor advierte, citando a Mark Twain, que la información se le escapa sin remedio; pero la escribe para todos, no solo para colegas. El resultado es a la vez una introducción heterodoxa a la ciencia de la vida y el testimonio de alguien que pasó su carrera buscando el sistema oculto en un mundo que, sin él, parecería puro caos.
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