Novela argentina de María Martha Paz publicada por Ediciones De La Grieta. Rafael Alfaro recorre los faros de la costa argentina reparándolos, sin más itinerario que las frases de un cuaderno azul que abre al azar para decidir su próximo…
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Novela argentina de María Martha Paz publicada por Ediciones De La Grieta. Rafael Alfaro recorre los faros de la costa argentina reparándolos, sin más itinerario que las frases de un cuaderno azul que abre al azar para decidir su próximo destino. Cada torre encendida convoca un tramo de su historia familiar: un abuelo marinero encerrado en un faro del Mediterráneo, un padre que cruzó el océano huyendo de la guerra y se inventó un apellido y una profesión, una madre que acumula objetos y silencios. Un relato-viaje sobre la soledad, la herencia y la certeza de que lo puro, antes que puro, fue mezcla.
Hay oficios que son también una forma de huir y una forma de buscar. Rafael Alfaro repara faros. Recorre la costa argentina de norte a sur cargando poco más que unas herramientas, algo de ropa y un cuaderno azul del que depende todo lo demás: cuando termina un trabajo, canturrea la única canción de mar que le enseñaron de chico, abre el cuaderno al azar y lee la frase donde caigan sus ojos. Esa frase le indica cuál es el faro que lo necesita. Así, sin mapa ni lógica, la ruta se arma sola.
Cada torre que enciende trae de vuelta a alguien. Está Don Alfaro, el abuelo, marinero mediterráneo que amó a una mujer del Caribe, la mató por celos y volvió a Girona solo para ser rechazado por su esposa; se encerró entonces en un faro del que no salió nunca más, comiendo almejas crudas, contando las olas que acercaban los barcos y escribiendo primero en un cuaderno y después, cuando se le acabaron las hojas, en las paredes. Está Gonzalo, el padre, que se subió al primer barco que encontró para escapar de la guerra y de ese padre loco, llegó a un país que ni sabía nombrar, se falsificó los papeles y se hizo pasar por médico del alma para las familias acomodadas de Buenos Aires, hasta que se hartó de su propia voz y decidió callarse para siempre. Y está Alexia, la madre polaca, que se aferró al primer hombre gordo que creyó rico y llenó la casa de la calle Beruti con retazos, ovillos y objetos sin destino.
Rafael abandona esa casa, entierra el apellido inventado del padre y recupera el del abuelo, el loco del faro. En el camino aprende sobre estructuras, luces y frecuencias; distingue torres troncocónicas de prismáticas, luz blanca de luz roja, faros habitados de museos vacíos. Pero también encuentra lo que no buscaba: un sueño poblado de cíclopes que confunde a su familia con los monstruos que forjaban rayos para los dioses, un reencuentro con su madre en un muelle del sur que empieza en perdón y termina en sangre, y una nena frágil de trenzas largas en el Cabo San Pablo que lo mira pidiendo ayuda y frente a la cual, por primera vez, siente el deseo de detenerse.
Escrita en fragmentos breves, cruzada por citas y por recreaciones libres de autores admirados, la novela avanza menos por intriga que por el placer de la frase. Los faros no son escenario: son el hilo que ordena una genealogía de exilios, apellidos falsos y encierros. Y en el centro late una idea que el abuelo dejó escrita en carbonilla sobre los ladrillos: en lo puro no hay futuro, porque lo puro, antes que puro, fue mezcla. Como la luz que guía sólo mientras gira, aquí lo que importa no es el destello sino los segundos de oscuridad que lo separan del siguiente.
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