Doce fragmentos, uno por minuto, reconstruyen la vida de Theia mientras yace herida tras un accidente de coche: una coordinadora informática sevillana que descubre que el sistema sanitario que ayuda a desarrollar se usa para decidir quién…
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Doce fragmentos, uno por minuto, reconstruyen la vida de Theia mientras yace herida tras un accidente de coche: una coordinadora informática sevillana que descubre que el sistema sanitario que ayuda a desarrollar se usa para decidir quién vive y quién muere.
Theia coordina los departamentos de informática y telecomunicaciones de PRACE, filial española de un holding europeo que patentó un sistema de desinfección integral presentado como el más seguro del mundo. Es el puesto que quería, en la ciudad donde creció, y llega a él con la ilusión intacta y los nervios de quien ha visto todas las horas del reloj la noche anterior. Lo que no espera es que la búsqueda personal de un expediente antiguo —el de su madre, muerta en un accidente que nunca terminó de creerse— la conduzca a un documento interno que reordena todo lo demás: las muertes atribuidas a fallos del sistema o a patologías previas no son azar, sino criterio. Las pruebas de acceso sanitario funcionan como filtro, y hay un ideario que decide a quién se coloca dónde para que el contagio resulte letal.
El relato avanza en doce capítulos breves, titulados por minutos, que no siguen un orden causal sino el de la memoria: una crisis de desrealización en el pasillo de casa, una tarde de campo con el padre entre árboles y frutos maduros, la muerte del sobrino tras una quinta operación, las cenas mensuales de italiano con el hermano fiscal, los encuentros sexuales con el compañero de trabajo, la noche con la amiga locutora. Todo está narrado en segunda persona hacia la madre ausente, a quien Theia le cuenta lo que descubre y lo que siente con la misma naturalidad. Esa voz —íntima, andaluza, sin pudor ante el deseo ni ante el duelo— es lo que sostiene la novela: el thriller corporativo late debajo, pero la superficie es una mujer hablándole a su madre muerta mientras se le acaba el tiempo.
Alrededor de Theia se ordenan las figuras que la piensan: Guillermo, el hermano fiscal que desconfía de Sebas antes que ella y teoriza sobre una justicia saturada de asuntos que no le corresponden; Sebas, el colaborador que resultó ser vigilancia; Lale, que conduce un programa de radio nocturno donde caben la denuncia y el afecto, y que le enseña a cambiar rencor, rabia y resentimiento por replanteamiento, reconfortarse y resiliencia; el padre, superviviente nato, que insiste en que la madre jamás se habría hecho daño. El sexo aparece descrito con detalle y sin metáfora, tanto con Sebas como con Lale, y la novela lo trata como parte del mismo material que el miedo, el trabajo y el luto.
Cuando Theia decide llevar los documentos al plano judicial, policial y público, ya es tarde: unas luces altas en el retrovisor de madrugada, una bajada, una curva conocida, un golpe lateral. Los últimos minutos alternan una terraza imposible donde la madre le acaricia la mano con el asfalto mojado, la voz del hermano y las puertas de una ambulancia cerrándose. La obra se cierra sin cerrar —un «Minuto extra» que apenas empieza—, dejando abierto si lo descubierto llegará a alguna parte y si el accidente de la madre y el de la hija se explican por la misma razón.
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