Quince familias abren la puerta de su pérdida más íntima —la de un hijo o una hija— y la psicóloga Lidia Martín Torralba las acompaña con reflexiones que unen el saber clínico sobre el duelo y una lectura creyente del dolor.
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Quince familias abren la puerta de su pérdida más íntima —la de un hijo o una hija— y la psicóloga Lidia Martín Torralba las acompaña con reflexiones que unen el saber clínico sobre el duelo y una lectura creyente del dolor. Nacido del grupo de ayuda mutua Flores de Edelweiss, el libro no busca explicar lo inexplicable, sino mostrar que después de la muerte hay una vida que sigue y puede volver a sostenerse.
Hay preguntas que solo se formulan cuando ya no queda nada que perder: ¿cómo se sigue viviendo después de enterrar a un hijo? ¿Puede un corazón roto llegar a cicatrizar sin fingir que nunca sangró? Cicatrices en nuestras familias parte de esa pregunta y la responde del único modo honesto posible: dando la palabra a quienes la han atravesado.
El libro reúne los relatos que varias familias —casi siempre en la voz de la madre— cedieron a la autora, cada capítulo dedicado a la memoria de un nombre concreto: Raquel, Robin, Andrés, Bruno, Samuel, Sara, Natalia, Esdras, Rebeca. No son casos clínicos ni ejemplos ilustrativos, sino vidas contadas con libertad, con sus detalles ásperos, sus culpas sin resolver y sus gestos de ternura. Una madre recuerda la última mirada de su hija en la puerta de casa; otra, la fiesta de cumpleaños que gustó a todos menos a la homenajeada; otra, el peso de las palabras bienintencionadas que hirieron más que el silencio.
Junto a cada testimonio, Lidia Martín Torralba —licenciada en Psicología y máster en Psicología Clínica y de la Salud, con años de consulta a sus espaldas— añade consideraciones que ordenan lo que el relato remueve. Recorre así los temas que el duelo devuelve una y otra vez: el dolor presente y el que no termina de marcharse, las emociones contradictorias, las reacciones que parecen extrañas y son normales, la culpabilidad que se instala sin permiso, las diferencias entre cómo duelen los padres y cómo duelen las madres, el cuidado del cuerpo cuando el ánimo lo ha abandonado todo, y la dificultad de acompasar dos corazones que lloran a distinto ritmo dentro de la misma casa.
A diferencia de la mayoría de espacios de duelo, donde lo religioso queda fuera, este libro asume abiertamente la perspectiva de la fe. Los testimonios comparten dos rasgos: una muerte muy querida y un vínculo con Dios que, lejos de romperse, se hizo más hondo a partir de ella. La autora no lo presenta como consuelo automático ni como respuesta cerrada; escribe desde su triple condición de psicóloga, creyente y madre, sin poder separar del todo las tres voces, y expone su planteamiento sin exigir adhesión: invita también a quien no cree a leer y juzgar por sí mismo.
El origen de estas páginas está en Flores de Edelweiss, una asociación cristiana sin ánimo de lucro nacida del corazón de una madre que necesitaba compartir su experiencia con quienes hablaban su mismo idioma. Sus integrantes se llamaban entre sí «Flores», por esa planta de apariencia frágil capaz de crecer en las condiciones más duras. De ahí viene también el lema que atraviesa el libro: las nubes son reales, pero el sol sigue ahí.
El resultado no es un tratado de psicología ni de teología, sino un texto escrito en clave personal, útil para quien acaba de perder a un hijo, para quien acompaña a alguien que lo ha perdido y para quien todavía no ha tenido que enfrentarse a ello. Un libro que habla de la muerte para terminar hablando, sobre todo, de la vida: la que hubo, la que queda y la que se espera.
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