Un prólogo enumera récords imposibles —caminar sobre brasas, once días sin dormir, 67.890 decimales de pi— solo para señalar la hazaña que ninguna lista recoge: seguir abriendo el corazón como la primera vez.
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Un prólogo enumera récords imposibles —caminar sobre brasas, once días sin dormir, 67.890 decimales de pi— solo para señalar la hazaña que ninguna lista recoge: seguir abriendo el corazón como la primera vez. De ahí nace «Cicatrices», la colección numerada de heridas de Angel Zero: cuarenta y tantos textos, entre prosa y verso libre, que recorren el deseo, la ausencia, el duelo y el lento oficio de volver a estar disponible para el amor. Cada pieza es una marca con historia; leídas seguidas, componen el mapa de un cuerpo emocional que decide no esconder nada.
«Cicatrices» se presenta como un inventario íntimo. El prólogo abre con una lista de límites humanos verificados —veintidós metros sobre brasas, nueve mil metros de altitud, una hora y doce minutos bajo el hielo, 9’58 en cien metros— para desviar de inmediato la atención hacia otro tipo de resistencia: la de quien ha sido herido de gravedad ciento cuarenta y seis veces y sigue vivo para contarlo, e incluso para presumir de la historia que esconde cada marca. Ese personaje, Angel Zero, es quien firma las heridas que siguen.
El libro avanza numerado: Cicatriz 1, Cicatriz 2, Cicatriz 3, hasta pasar de la cuarentena. No hay trama continua ni cronología estricta; lo que ordena el conjunto es la propia herida, tratada como unidad de medida. Algunas piezas caben en tres líneas —el mechero encendido para nada, la nevera compartida con salsa de tomate y mucho vacío, los dos besos que hoy preferiría ser uno—; otras se extienden en prosa larga y confesional, como las dos partes de la Cicatriz 17, donde el deseo se vuelve enumeración febril de una vida cotidiana imaginada junto a Ella.
El material emocional es reconocible y está trabajado sin coartada: la ruptura y su resaca, las carpetas de fotos que conviene no abrir, la tarjeta SD olvidada, el espejo que devuelve una ausencia cada mañana. Pero el libro no se agota en el desamor. Hay un texto dedicado a un abuelo, escrito en Navidad, que cambia por completo la temperatura del conjunto y desplaza el duelo amoroso hacia el duelo a secas. Hay un retrato coral de mujeres —las que imprimen fotos, las que lloran con una película y saben que lo suyo es mejor, las que crean la felicidad cuando no la encuentran— construido como celebración, no como lamento. Y hay una pieza sobre un accidente de bicicleta que funciona como tesis del volumen: dejar de llamar errores a las cosas cuyo resultado no nos gusta.
El estilo mezcla registros con deliberación. Mitología, cómic y cultura pop conviven en la misma estrofa: David y Goliat, Medusa, Troya, Superman y Clark Kent, los trescientos de las Termópilas, la Biblioteca de Alejandría, canciones que un día hicieron bailar y hoy sirven de música de funeral. El juego verbal es constante —la sonrisa peinada, la mirada que no se apaga sino que aprende a mirar mejor, el viento al que se le pide el currículum porque dice llevarse las promesas— y sostiene una voz que se ríe de sí misma mientras se desangra. Cuando el texto se repite, lo hace a propósito: «Pero hoy me siento preparado» vuelve siete veces, hasta convertir la afirmación en conjuro.
El arco, si se busca, va del cierre a la apertura. De la contabilidad del daño —quién dispara primero, quién acaba con más heridas— a la aceptación de que el corazón debe quedarse un tiempo vacío y limpio antes de admitir a nadie. De la promesa de no cruzar la línea pintada con tiza al reconocimiento incómodo de llegar tarde: estar por fin preparado para querer justo cuando el otro ya no lo está. Y, al final, una promesa sostenida contra toda evidencia: que la mirada no se apaga, que siempre queda otra canción capaz de mover el esqueleto.
«Cicatrices» se lee de un tirón o a saltos, según el día. Funciona como libro de cabecera para quien necesita nombrar lo que le pasa y prefiere hacerlo con humor negro antes que con solemnidad. Su apuesta es sencilla y difícil a la vez: enseñar las marcas en lugar de taparlas, y contar la historia de cada una.