Un viernes de julio, en un pub irlandés del este de Chicago, dos personas que han aprendido a administrar su soledad coinciden en el patio de una fiesta de cumpleaños.
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Un viernes de julio, en un pub irlandés del este de Chicago, dos personas que han aprendido a administrar su soledad coinciden en el patio de una fiesta de cumpleaños. Jayden, programador de treinta y tres años, lleva casi dos años reduciendo el mundo a lo imprescindible desde que Harper murió en un accidente de coche del que se siente responsable. Emma, escritora de relatos por encargo para una revista, evita las aglomeraciones desde que su madre la dejó en el pasillo de un supermercado cuando tenía diez años. Narrada a dos voces, la novela sigue el momento exacto en que ambos empiezan a asomarse fuera de sus refugios: él, todavía incapaz de mirar los pedazos que le quedan; ella, cansada de que la soledad sea su única compañía.
Jayden Rhys ha convertido la rutina en una forma de supervivencia. Programa ocho horas diarias, ordena los pósit bajo el monitor, limita el trato humano a un compañero de trabajo y a su hermano pequeño, y mantiene la barba exactamente a la medida que tenía el día en que Harper se fue, como si conservar un gesto bastara para conservar a alguien. Han pasado casi dos años desde el accidente y el mundo, para él, sigue siendo un agujero: no ha perdido las ganas de vivir, simplemente nada le hace ilusión. Cuando acepta ir al cumpleaños de Lily —su mejor amiga desde el colegio, a la que siente que ha fallado durante todo ese tiempo— sabe que la fiesta será una prueba: demasiadas caras conocidas, demasiadas miradas que se apartan, y entre ellas la certeza de que para algunos es el mejor amigo de la cumpleañera y para otros el chico que mató a su novio.
Emma Simmons llega a esa misma fiesta empujada por su tío Josh, inspector de policía y la figura que la crio cuando su madre desapareció de su vida. Escribe cada mes un relato a medida para la revista donde trabaja, sueña con algo más grande y sostiene su ansiedad social con un cigarrillo en la esquina más alejada del ruido. Se conocen allí, en el patio, entre bombillas colgadas de un cable y una conversación que empieza torcida —él cree haberla visto antes, ella está harta de esa misma frase en boca de desconocidos— y termina con un color favorito, el violeta, y una despedida a medias. Ninguno de los dos sabe todavía que ese cruce será el que empiece a mover algo.
La novela avanza alternando sus voces, y en ese contrapunto se revela lo que comparten sin haberlo dicho: dos maneras distintas de haber perdido a alguien. Jayden habla del duelo como de un vaso roto cuyos trozos nadie puede recoger por ti; los demás solo pueden señalar el fragmento que quedó bajo la alfombra, y para eso hay que estar dispuesto a mirar. Emma habla del abandono como de una bestia encerrada en un baúl cuyos candados se rompen cada vez que alguien menciona a su madre. Alrededor de ambos se organiza un mapa afectivo reconocible y bien tramado: Lily y su paciencia de maestra, Josh con sus cafés y sus muffins semanales, una terapeuta cuyos consejos Jayden escucha sin aplicar, una vieja amiga que reaparece en plena calle y ofrece un café en lugar de un reproche.
Ambientada en un Chicago de veranos calurosos, trayectos en autobús y apartamentos que huelen a quien ya no está, la obra se construye con capítulos encabezados por letras de canciones y una prosa en primera persona que mira hacia atrás sin sentimentalismo, capaz de sostener el humor doméstico y el peso de la culpa en la misma página. No promete una cura ni un consuelo rápido: propone algo más modesto y más difícil, la posibilidad de volver a mirar los propios pedazos acompañado, y de descubrir quién es uno cuando ha construido su vida entera alrededor de otra persona que ya no está.
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