Una liliputiense cubana nacida en 1869 dictó su vida a un joven mecanógrafo en plena Gran Depresión, y esas páginas apolilladas —mutiladas por un ciclón y reconstruidas de memoria— son el corazón de esta novela sobre la mujer que se negó a…
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Una liliputiense cubana nacida en 1869 dictó su vida a un joven mecanógrafo en plena Gran Depresión, y esas páginas apolilladas —mutiladas por un ciclón y reconstruidas de memoria— son el corazón de esta novela sobre la mujer que se negó a ser un error de la naturaleza.
Espiridiona Cenda del Castillo, a quien todos llamaron Chiquita, vino al mundo a las siete de la mañana del 14 de diciembre de 1869, en Matanzas, cuando Cuba llevaba poco más de un año en guerra. Nació sana, hermosa y completa: no le faltaba ni le sobraba nada, salvo estatura. A los doce años medía veintiséis pulgadas, exactamente lo mismo que a los once y que a los diez, y su padre —médico formado en Lieja— seguía midiéndola contra la pared del despacho como si el ritual pudiera desmentir la evidencia.
La novela reconstruye esa vida desde su origen doméstico y desmesurado: la criandera despedida por decir en voz alta lo que todos callaban, la leche de una camella tuerta llamada Nefertiti traída del Sahara por un hacendado con ínfulas de innovador, las pócimas encargadas a Europa, las cartas de eminencias que comparaban su caso con hallar una aguja en un pajar sin explicar por qué la aguja les había tocado a ellos. Y también su reverso: la consulta clandestina a una mayombera junto al río Canímar, donde un espíritu de tres siglos zanja el asunto con una sentencia que la familia terminará adoptando como norma de convivencia —en el mundo tiene que haber gente grande, gente chiquita y gente más chiquita todavía, y nadie ha dicho que los chiquitos no puedan ser grandes.
Pero la obra no se cuenta a sí misma de frente. Un preámbulo la enmarca: en La Habana, en 1990, un viejo corrector de pruebas que liquida su biblioteca antes de mudarse al asilo entrega dos cajas de papeles comidos por la polilla. Eran tres; la mayor se la llevó un ciclón en 1952. Los capítulos están cosidos en cuadernillos sueltos y faltan varios, sobre todo de la mitad en adelante. Durante meses, martes y jueves, el hallazgo se completa con la memoria —y con la inventiva— del anciano, grabadora mediante, antes de que la muerte cierre esa fuente.
El otro relato es el de ese mismo hombre a los veintitrés años: dactilógrafo cubano varado en Nueva York en 1930, durmiendo en un banco de parque, que encuentra en un latón de basura un anuncio pidiendo mecanógrafo bilingüe y acaba en un bungalow de Far Rockaway frente a una mujer de sesenta años y tamaño imposible. Ella dicta; él corrige a escondidas. Ella exige que no le cambien ni una coma y a la vez sabe que la prosa ha mejorado. Ella impone además una regla extraña: contar su vida sin usar jamás la primera persona, para que el libro parezca obra de un biógrafo, porque hay cosas que no querría encabezar con un yo. Y una condición: se publicará después de su muerte.
De ese pacto tenso nace un texto que avanza en dos velocidades —la crónica decimonónica de la niña que no crecía y el testimonio oral, chismoso y desprejuiciado del amanuense que la conoció fantasiosa, obstinada, dominante, coqueta y con un imán inexplicable sobre hombres y mujeres. En el trasfondo se dibujan la Cuba colonial de fusilamientos y deportaciones, la travesía hacia la fama en Estados Unidos bajo apodos que ella coleccionó o detestó —«la muñeca viviente», «el más pequeño átomo de humanidad», «la bomba cubana»—, y una película rodada en 1903 que nadie ha vuelto a ver.
Lo que sostiene el conjunto es una honestidad incómoda sobre sus propios materiales: no se promete la pura verdad. Hay episodios que rozan lo absurdo y otros que entran de lleno en lo sobrenatural, y algunos de los más inverosímiles resultaron ser ciertos. El libro asume esa mezcla como método, y de paso plantea su pregunta central: qué queda de una persona cuando su historia sobrevive en fragmentos, dictada por ella, retocada por otro, mutilada por un huracán y rellenada con recuerdos que quizá sean invención.