Un niño de diez años abre por casualidad el cajón secreto de un escritorio del siglo XIX en una tienda de antigüedades de Valdivia y encuentra un cuaderno que transcribe un manuscrito colonial.
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Un niño de diez años abre por casualidad el cajón secreto de un escritorio del siglo XIX en una tienda de antigüedades de Valdivia y encuentra un cuaderno que transcribe un manuscrito colonial. Lo que allí empieza es la historia de Lucas González, huérfano mestizo criado por jesuitas en Chiloé a mediados del siglo XVII, arrastrado a una expedición que persigue una ciudad de oro custodiada por algo que nadie se atreve a nombrar.
Llueve sobre Valdivia con una insistencia impropia del verano cuando Sebastián y su padre entran a la tienda de don Segismundo, un anticuario que atesora fotografías del terremoto de 1960, cámaras antiguas y medallas de otra guerra. Mientras los adultos hablan de un funeral reciente y de asuntos que el niño apenas roza, Sebastián se cuela en la trastienda y encuentra un escritorio decimonónico sellado, con un dragón grabado sobre un castillo: el escudo de la ciudad. Los ojos del animal resultan ser una cerradura, y detrás de ellos aguarda un cuaderno amarillento, transcripción fechada en 1957 de un manuscrito hallado en la iglesia de Achao a fines del siglo XVII.
Esa memoria abre la segunda línea del relato. Lucas González tiene catorce años y vive en el orfanato jesuita de Santiago de Castro, hijo de un lonko señalado como traidor y de una española de la que solo conserva el color de los ojos. Lo forman como lenguaraz, oficio de frontera para quien no termina de pertenecer a ninguno de los dos mundos que debe traducir; lo golpean los muchachos criollos por indio y lo desprecian los suyos por mestizo. Su único refugio es el padre Marraquete, jesuita francés obstinado en enseñarle mapudungun, en convencerlo de que la mezcla es el futuro de América y en inventar panes con la harina que escasea.
El regreso del padre Mascardi —desnutrido, delirante, jurando haber visto la Ciudad de los Césares y el fuego que guarda su oro— trastorna la isla aislada del imperio. El maestre de campo Tristán Cid de Monroy arma de inmediato una expedición rumbo a Valdivia, y embarca al cura y al muchacho en un viaje que llama comercio y piensa como conquista, apenas un año después de firmada la paz con el pueblo araucano.
La novela alterna así el asombro infantil de un descubrimiento doméstico con una aventura colonial de mapas, mitos y ambiciones, y usa el hallazgo del cuaderno para preguntar de dónde vienen los nombres, los panes y los rencores que todavía circulan por el sur.