Una cronista argentina viaja a Varsovia con su padre para reconstruir el destino de tres primos de su abuelo, adolescentes que combatieron en el Levantamiento de 1944.
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Una cronista argentina viaja a Varsovia con su padre para reconstruir el destino de tres primos de su abuelo, adolescentes que combatieron en el Levantamiento de 1944. Entre la ciudad conmemorativa de hoy y la ciudad arrasada de entonces, el relato cruza investigación histórica, crónica de viaje e indagación familiar sobre lo que se hereda de una guerra ajena y propia a la vez.
El 13 de agosto de 1944, en una esquina de la Ciudad Vieja de Varsovia, una multitud celebra la captura de un pequeño blindado alemán. Hay banderas, música de gramófono, chicos trepados al vehículo, madres que los alzan para la foto imposible de esa alegría. Un minuto antes de las seis de la tarde, el tanque estalla. Entre los sobrevivientes queda Barbara Wajszczuk, dieciocho años, insurgente del batallón Gustaw, a quien todos llaman Basia. Con esa escena —narrada en presente, con la precisión de quien reconstruye segundo a segundo— se abre una obra que no se conforma con el relato de una batalla.
Setenta y un años después, la autora recorre esa misma ciudad junto a su padre, hijo de exiliados polacos nacido en Londres y criado en el conurbano bonaerense, un hombre al que sus amigos llaman «El Polaco» y que ya no tiene con quién hablar su lengua materna. Llegan el 1.º de agosto, el día en que Varsovia entera se detiene un minuto: las sirenas ululan sobre las avenidas, el tránsito se frena, arden las bengalas blancas y rojas, los octogenarios con brazaletes descoloridos desfilan ante sus nietos. Padre e hija esperan ese minuto junto a una palmera artificial en una rotonda del centro, acompañados por una prima recién conocida por correo electrónico, unida a ellos apenas por un apellido que en la Argentina se pronuncia de un modo y en Polonia de otro.
Lo que la narradora busca en esos archivos, placas conmemorativas, cementerios y calles renumeradas son cuatro hermanos: Antoni, de veinte años; Barbara, de dieciocho; Wojtek, de quince, y Danuta, la mayor, estudiante de la universidad clandestina, la única que sobrevivió. Eran primos de su abuelo, chicos de una generación educada en escuelas subterráneas, criada con relatos heroicos y libros prohibidos, que el 1.º de agosto de 1944 salió a arrebatarle las calles al ocupante creyendo que la rebelión duraría una semana. Duró sesenta y tres días y dejó cerca de doscientos mil muertos, un millón de expulsados y veinte millones de metros cúbicos de escombros donde había estado una capital.
La obra alterna dos temporalidades sin subordinar una a la otra. Por un lado, la reconstrucción documentada de la ocupación y del Levantamiento: los partes alemanes que declaraban «Varsovia está en calma» mientras retumbaba la artillería soviética del otro lado del Vístula; las alcantarillas por donde miles descendieron para escapar del cerco; el gueto que se sublevó un año antes a metros de la casa familiar de la calle Ogrodowa. Por el otro, el presente de un viaje incómodo, donde la investigación choca con las negativas de los descendientes, con la memoria selectiva de los testigos que cuentan su historia y no la que se les pregunta, y con la sospecha de estar pegándose a un duelo que no le corresponde.
Esa sospecha es el nervio del libro. La narradora no oculta su condición de extranjera ante un idioma que apenas descifra, ante una patria que la reclama a medias y ante un dolor que le llega por transmisión. Escribe sobre la reconstrucción —una ciudad medieval fabricada después de la guerra, con fachadas de cuento entre monumentos socialistas y torres espejadas— como quien examina también el propio trabajo de reconstruir. El resultado es una crónica de largo aliento sobre la herencia: cómo un apellido, una lengua perdida, un padre que envejece y una fecha en el calendario de otro país terminan constituyendo un lugar de pertenencia que nunca se elige del todo.
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