En un castillo del Norte donde nunca deja de nevar, la princesa Lynet vive atrapada entre el recuerdo de una madre muerta a la que se parece demasiado y el afecto ambiguo de su madrastra, la reina Mina.
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En un castillo del Norte donde nunca deja de nevar, la princesa Lynet vive atrapada entre el recuerdo de una madre muerta a la que se parece demasiado y el afecto ambiguo de su madrastra, la reina Mina. La llegada de una joven cirujana rompe la rutina y despierta en Lynet un deseo que no sabe nombrar: el de ser otra. En paralelo, la historia de Mina a los dieciséis años revela el precio que ya se pagó por la belleza, la magia y la supervivencia.
Primavera Blanca es un castillo donde la nieve no se retira ni en primavera y donde casi nada cambia de un día a otro. Por eso Lynet, princesa de dieciséis años a punto de cumplirlos, se refugia en los árboles y en los alféizares: trepar es su forma de faltar a las lecciones de arpa y, sobre todo, de mirar sin ser vista. Una tarde descubre en el patio a una desconocida con túnica y pantalones, un bolso a punto de estallar y la mirada fija hacia adelante. La sigue por pasillos y ventanas hasta averiguar su oficio —cirujana, algo que Lynet nunca había visto ejercer a una mujer— y, con él, algo más incómodo de admitir: la fascinación por alguien que habita su propio cuerpo con una comodidad que a ella le está prohibida.
Porque a Lynet la nombran antes de que hable. Los ancianos de la corte celebran su cabello, sus ojos, su rostro, y en cada elogio hay una mujer muerta: Emilia, la reina que murió al darla a luz. Su padre, el rey Nicholas, insiste en una palabra que suena a condena —delicada— y espera de su hija no solo el parecido sino la copia. Solo Mina, la madrastra llegada del Sur, le desenreda el pelo cada noche, la llama lobita y le dice que no tema. Pero también Mina se mira demasiado en el espejo, cuenta sus canas y murmura frases que no parecen dirigidas a nadie vivo.
El relato entonces retrocede. A los dieciséis años, Mina descubría los secretos de la belleza con el espejo de plata de su madre muerta, en un pueblo del Sur donde los aldeanos se apartaban de ella al pasar y le lanzaban piedras sin que nadie lo impidiera: era la hija del mago. Su padre, Gregory, comerciaba con pociones vulgares para financiar experimentos que rozaban la frontera entre la vida y la muerte, y guardaba en su laboratorio frascos con formas que era mejor no mirar de cerca. De un viaje al Norte volvió envejecido veinte años y con una noticia que lo cambiaría todo: había salvado a una recién nacida real por métodos no convencionales, y el precio acordado era un lugar en la corte.
Dos adolescencias separadas por dieciséis años y un mismo castillo helado, unidas por espejos, herencias que nadie eligió y la pregunta de si el amor recibido lo es por lo que una es o por aquello a lo que se parece.
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