Cuando su madre muere en una prisión de máxima seguridad, Lex Gracie —abogada de éxito con base en Nueva York— vuelve a Inglaterra para recoger una caja de efectos personales y un testamento que la nombra albacea.
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Cuando su madre muere en una prisión de máxima seguridad, Lex Gracie —abogada de éxito con base en Nueva York— vuelve a Inglaterra para recoger una caja de efectos personales y un testamento que la nombra albacea. La herencia incluye la casa del número 11 de Moor Woods Road: el lugar donde ella y sus cinco hermanos fueron encerrados por sus padres. Decidir qué hacer con esa casa la obliga a reunir a los supervivientes y a volver, por fin, sobre lo que ocurrió dentro.
Hay una fotografía que casi todo el mundo ha visto: seis niños en fila ante una casa, ordenados por estatura, mirando a cámara bajo la última luz de una tarde de septiembre. Durante un tiempo se publicó pixelada hasta la cintura; después, cuando la noticia dejó de interesar, se volvió fácil de encontrar en los rincones más oscuros de internet. La mujer que narra esta historia es la mayor de aquellas niñas, la que los periódicos y los expedientes designaron con una letra antes que con un nombre.
Ahora se llama Lex, ejerce el derecho mercantil, viaja tanto que a veces necesita leer la tarjeta de embarque para recordar adónde va, y ha construido una vida hecha de hoteles, bufets de desayuno y barras de bar idénticas en todo el mundo. La muerte de su madre en el centro penitenciario de Northwood la devuelve a un país que recuerda como más tímido y que la recibe con un verano descarado. Allí la esperan una directora que se niega a dejar de sorprenderse, un abogado joven y sudoroso, una capellana que insiste en hablarle del perdón y un testamento redactado con letra temblorosa: veinte mil libras, unas pertenencias sin valor y la propiedad de Moor Woods Road, a repartir entre los hijos supervivientes. Su madre, con el cáncer avanzado y unos meses por delante, supo exactamente a quién nombrar albacea.
El relato avanza en dos tiempos que se rozan sin tocarse. En el presente, Lex organiza llamadas, esquiva entrevistas incómodas, bebe, busca compañía y trata de ganarse el apoyo de unos hermanos dispersos: Ethan, que ha convertido su historia en artículos sobre las dificultades del perdón; Delilah, que sí visitaba la cárcel; Evie, la cómplice al otro lado del océano; Gabriel; Noah. En el pasado, la casa se reconstruye habitación por habitación: la Época de las Ataduras, cuando todavía se hablaba de futuro; el Encadenamiento; el «Territorio» de dos metros de suelo sucio que separaba dos camas y que dos hermanas cartografiaron como un continente inventado; los pasos del padre memorizados como una rutina de vigilancia; los veinte segundos que calcularon para huir.
Es una novela sobre lo que sobrevive al encierro y sobre la incomodidad de que la propia vida haya sido narrada primero por otros. Sobre la memoria como biblioteca donde falta justo el volumen que se busca, sobre el perdón entendido como guion ajeno, y sobre la posibilidad de que un edificio maldito se convierta en otra cosa: algo alegre, quizá, porque nada fastidiaría más a los muertos. La prosa, seca y con un humor que corta, deja que el horror asome por los bordes en lugar de exhibirlo, y confía en el lector para completar lo que la narradora prefiere no decir.