Un relato divulgativo sobre el accidente de Chernóbil escrito desde fuera del mundo académico: su autor, un lector obstinado que dedicó cuatro años y medio de tiempo libre a investigar, se propuso el libro que buscaba y no encontraba, uno…
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Un relato divulgativo sobre el accidente de Chernóbil escrito desde fuera del mundo académico: su autor, un lector obstinado que dedicó cuatro años y medio de tiempo libre a investigar, se propuso el libro que buscaba y no encontraba, uno capaz de explicar con precisión qué ocurrió aquella noche sin exigir formación en ingeniería nuclear ni recurrir al efectismo. La obra combina la historia de la energía atómica —de los Curie al primer reactor soviético—, la crónica del desastre y el diario de un viaje a la zona en 2011.
Hay un problema con Chernóbil: casi todo el mundo cree conocerlo y muy poca gente entiende realmente lo que pasó. De esa constatación nace este libro. Su autor, sin credenciales científicas ni oficio literario previo, empezó leyendo los títulos disponibles sobre el tema y se topó con dos obstáculos recurrentes: los relatos técnicos daban por sentado un bagaje que el lector medio no tiene, y los divulgativos despachaban el accidente en unas páginas para volcarse en sus consecuencias políticas, ecológicas o estadísticas. El libro que quería leer no existía, así que decidió escribirlo.
El resultado es una obra que se mueve en tres planos. El primero es histórico y de largo alcance: la aventura del átomo desde el descubrimiento de la radiación a finales del siglo XIX, con Marie Curie manipulando sin protección unas sustancias luminosas que acabarían matándola, pasando por el delirio comercial del radio —dentífricos, cosméticos, chocolate y hasta arena radiactiva para areneros infantiles—, la carrera armamentística de la Segunda Guerra Mundial, el Proyecto Manhattan y la respuesta soviética coordinada por Kurchátov en un laboratorio oculto a las afueras de Moscú. De ahí surge el linaje técnico que conduce a los reactores RBMK instalados en Ucrania.
El segundo plano es el inventario razonado del riesgo. Antes de llegar a abril de 1986, el texto repasa otros accidentes: el cesio robado de un hospital en Goiânia que una niña de seis años confundió con purpurina; el «núcleo del demonio» de Los Álamos, que mató a dos físicos en menos de un año; el incendio de Windscale, provocado por unos reactores reconvertidos a un uso para el que nunca se diseñaron. Y los pone en perspectiva junto a las catástrofes de las energías convencionales —la mina de Benxihu, la explosión ferroviaria de Ufá, la rotura en cadena de las presas de Henan y sus 171.000 muertos—, no para exculpar a nadie, sino para que el lector disponga de una escala.
El tercero es personal. Intercalada con la reconstrucción histórica corre la crónica de un viaje a Chernóbil y Prípiat en 2011, la experiencia que encendió todo lo demás. El autor la narra con una honestidad poco frecuente: donde no recuerda una conversación, no la inventa; donde duda de un dato, lo hace constar en nota al pie. Esa misma cautela recorre el conjunto. Buena parte de lo que circula sobre el desastre procede de una versión oficial diseñada para responsabilizar a los operarios de la central, deformada después por décadas de repetición hasta convertirse en mitología. Frente a ello, la obra asume que los testimonios se contradicen y que una explicación exacta al cien por cien probablemente ya no sea posible, y aun así se empeña en acercarse todo lo que puede.
Es también, de manera lateral, la historia de cómo se hizo el libro: un manuscrito colgado gratis en internet, un Kickstarter fracasado, un álbum de fotos en Reddit que se vendió solo, ingenieros nucleares e hispanistas anónimos corrigiendo la física y las traducciones, una correctora que se ofreció sin cobrar y seiscientas noches de insomnio compartidas con un recién nacido. Un ejemplo de divulgación construida a pulso, sin sensacionalismo y sin sermón, sobre la convicción de que los hechos reales ya son bastante dramáticos por sí solos.
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